El debate no es nuevo, pero vuelve con fuerza. La posibilidad de que la selección peruana deje Lima y traslade parte de su localía a ciudades de altura como Cusco o Juliaca ha pasado de ser una idea recurrente a una alternativa respaldada desde la dirigencia. Agustín Lozano y Jean Ferrari han abierto la puerta en los últimos días. Y como cada vez que esto ocurre, el país futbolero se divide entre la ilusión de incomodar a los rivales y el temor de no poder sostenerlo.
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La discusión, entonces, no es solo geográfica. Es estructural. ¿Está Perú preparado para hacer de la altura una ventaja real en Eliminatorias? ¿O es, más bien, una reacción a años de resultados adversos en Lima?
Javier Arce, con experiencia en la altura tras su paso por Binacional y trabajos en Cusco, lo explica con claridad. “A mí me parece una buena idea, pero hay que establecer puntos claves. La altura es una ventaja, pero no es todo. Si no, todos los equipos de altura serían campeones y no pasa eso. En Perú, históricamente campeonan equipos del nivel del mar. Entonces, si se quiere hacer, hay que definir bien qué jugadores convocar, cómo adaptarlos y qué base sostener”, analiza el técnico que en 2007, cuando formaba parte del comando técnico de Julio César Uribe en la Bicolor, también fue parte de la propuesta que hoy en día se debate.
La advertencia no es menor. Jugar en altura no es solo trasladar un partido: es cambiar la lógica de preparación. Y ahí aparece uno de los grandes desafíos: el tiempo, algo que normalmente no hay en las fechas FIFA. Las Eliminatorias suelen ofrecer ventanas cortas de trabajo y la aclimatación no es inmediata.

Estadio Guillermo Briceño Rosamedina (Juliaca – Puno): se ubica a 3,824 m.s.n.m. (Foto: GEC)
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Para Diego Rebagliati, la altura debe ser una herramienta selectiva, no una solución total: “A Brasil no le hemos ganado nunca en Lima en Eliminatorias. Con Argentina nos ha ido muy mal en los últimos años. Yo esos partidos los llevaría a Cusco, aunque sea por incomodarlos. Lo más probable es que igual perdamos, pero en Lima te garantizo que perdemos; en Cusco al menos tienes una opción de complicarles la vida”.
Su planteamiento no es romántico, es pragmático. Elegir batallas. Rebagliati incluso va más allá y segmenta rivales: “También llevaría a Uruguay y Paraguay. Pero no a Ecuador o Bolivia, porque están acostumbrados a la altura. Con Chile, Venezuela o Colombia lo pensaría. No se trata de jugar todo ahí, sino de usarlo estratégicamente”. La idea, entonces, no es mudarse, sino adaptarse.
“Sí (nos plantearon desde la federación), pero nosotros nunca quisimos. Aparte que conocíamos los estadios y no tenían infraestructura. Había que acomodar la prensa internacional y local, todo el aparataje que conlleva llevar a la selección a provincia”, contó Ricardo Gareca en “Juego en Corto”, el programa de El Comercio y Depor.
“A nosotros nos gustaba el (estadio) Nacional. Es algo histórico que tiene el Perú. La historia del Perú se tejió en esos estadios. Para mi, observar la historia de lo que es el jugador peruano es importante”, añadió uno de los mejores técnicos en la historia de la selección peruana.
En ese escenario, las condiciones de las sedes toman protagonismo. En Estadio Inca Garcilaso de la Vega, la principal carta del país en altura, el panorama es favorable. Según el periodista Cristian Guevara, el campo “siempre fue una mesa de billar” y se mantiene en óptimas condiciones pese a la alta carga de partidos. Hoy es casa de varios equipos, incluido Cienciano, y cuenta con mantenimiento constante del gobierno regional.
Ese detalle no es menor. A diferencia de otros momentos en la historia, el estadio cusqueño sí ofrece estándares cercanos a exigencias internacionales. Infraestructura cuidada, césped competitivo y una plaza que ha demostrado capacidad de convocatoria. La selección femenina, invicta en sus presentaciones recientes ahí, es una muestra concreta.
El caso de Juliaca, en cambio, es distinto. El Estadio Guillermo Briceño Rosamedina representa una altura aún más desafiante -más de 3.800 metros-, pero también mayores interrogantes logísticas y de infraestructura. Es una plaza que ha sido fortaleza para Binacional en torneos locales e internacionales, pero cuya adaptación a exigencias de selecciones aún genera debate.
Y ahí aparece otro factor: el mensaje. Para algunos, llevar a la selección a Cusco o Juliaca puede interpretarse como una decisión populista. Una respuesta emocional en tiempos de crisis. Guevara lo menciona sin rodeos: “Traerlo a Cusco lo interpreto como populista, pero no está de más intentarlo”. La frase sintetiza la tensión entre la necesidad de resultados y la planificación de fondo.
Cusco aparece como la opción más viable: infraestructura adecuada, experiencia reciente y una altura manejable dentro de lo extremo. Juliaca, en cambio, es una apuesta más radical, con mayor impacto potencial, pero también mayor riesgo.
La decisión final no debería ser impulsiva. Requiere planificación, consenso técnico y una lectura clara del contexto. Porque si algo ha demostrado la historia es que la altura, por sí sola, no gana partidos. Pero bien utilizada, puede inclinar la cancha.
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