El Perú tiene un problema crónico de sucesión institucional. Cambiamos de presidente y rotamos ministros a un ritmo que impide cualquier continuidad y llevamos una década sin consolidar un equipo estable en el MEF. En medio de ese desorden, una sola institución ha mantenido el rumbo: el Banco Central de Reserva. Es probable que su presidente, Julio Velarde, deje el cargo este año —aunque siempre queda la esperanza de que se quede cinco más— y la pregunta más importante en política económica es: quién lo reemplazará.
En casi dos décadas al frente del BCR, Velarde ha visto pasar diez presidentes, más de veinte ministros de Economía y casi treinta primeros ministros. Solo en la última década, el MEF ha tenido diecisiete titulares, tres en lo que va del 2026. Un ministro dura hoy menos de seis meses.
Y sin embargo la economía no se ha descarrilado. Porque el BCR ha operado como ancla institucional. La inflación lleva casi tres décadas en un dígito, las reservas alcanzan unos US$75.000 millones—cerca del 30% del PBI— y las tasas de interés se han mantenido entre las más bajas de nuestra historia reciente. No son accidentes: son producto de autonomía constitucional, equipo técnico que permanece y una estrategia que no cambia con cada gobierno. Hace dos semanas el presidente Balcázar condecoró a Velarde con la Orden El Sol del Perú y parafraseó un dicho célebre: no todos los alemanes creen en Dios, pero sí en su banco central; lo mismo podría decirse del Perú.
Pero lo notable del BCR no es solo Velarde, sino lo que se construyó debajo de su figura. Desde 1961, sin interrupción, el Banco organiza su Curso de Verano: trescientas sesenta horas de formación intensiva cuyo ranking determina quiénes ingresan. Más de mil ochocientos economistas han pasado por sus aulas, nutriendo al banco y a múltiples entidades del sector público y privado. Al ser consultado sobre la sucesión, Velarde fue directo: me gustaría que sea del Banco.
Según Macroconsult, un tercio de la oferta electoral —doce partidos— ni siquiera alcanza el umbral mínimo de respaldo a la autonomía del BCR. Quienes vivieron los ochenta saben qué ocurre cuando el banco central pierde independencia: la inflación superó los 7.000%, los ahorros y pensiones de una generación se evaporaron y la moneda dejó de existir.
Hay dos formas de recambio. La que hemos practicado —diez presidentes y diecisiete ministros de Economía en una década— y la que el BCR lleva sesenta y cinco años construyendo a través de su Curso de Verano. Hoy esa inversión está lista para dar fruto. Solo falta que quien llegue a Palacio lo entienda.