El secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Mark Rutte, viajará la próxima semana a Washington para reunirse con Donald Trump. Lo que en cualquier momento sería una visita burocrática del más alto funcionario de la alianza militar atlántica al presidente de Estados Unidos, en esta ocasión no lo es.
El secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Mark Rutte, viajará la próxima semana a Washington para reunirse con Donald Trump. Lo que en cualquier momento sería una visita burocrática del más alto funcionario de la alianza militar atlántica al presidente de Estados Unidos, en esta ocasión no lo es.
Por más que la portavoz aliada, Allison Hart, diga que se trata de una visita pactada con antelación, la llegada a la Casa Blanca del ex primer ministro neerlandés se produce justo en momentos en que el líder republicano ha vuelto a sacudir los cimientos de una organización próxima a cumplir 80 años al decirle al diario británico “The Telegraph” que está sopesando sacar a su país de la alianza.
Los primeros en reaccionar frente a la advertencia de Trump fueron Alemania y Gran Bretaña. El portavoz del gobierno germano, Stefan Kornelius, dijo que “la OTAN no está acabada” y que las declaraciones del líder estadounidense son “un fenómeno recurrente”, por lo que Berlín “no está haciendo preparativos” para un supuesto abandono de EE.UU.
Desde Londres, el primer ministro británico, Keir Starmer, calificó de “ruido” la advertencia de Trump y remarcó que la OTAN es la organización de defensa colectiva “más eficaz que el mundo haya visto jamás” y que sea cual sea la presión que Washington ejerza sobre él y otros líderes europeos “voy a actuar según el interés nacional británico en todas las decisiones que tome”.
Aunque no habló en nombre de la OTAN, y sí en el de la Unión Europea, la Comisión Europea (CE) reafirmó la importancia para el bloque europeo de sus vínculos de seguridad con Estados Unidos. “Estamos comprometidos con unos fuertes lazos transatlánticos, que siguen siendo cruciales para nuestra seguridad y defensa”, se manifestó la portavoz comunitaria Anitta Hipper.
Un cúmulo de desavenencias
La aversión de Trump a la OTAN no es nueva. Durante su primer mandato se encolerizó con varios de sus socios europeos porque estos no venían cumplíendo con el aumento del gasto militar estipulado. En este segundo gobierno les puso los pelos de punta con la amenaza de tomar el control de Groenlandia, una isla bajo soberanía de Dinamarca (país que integra la alianza), por cuestión de seguridad frente a las intenciones de Rusia y China. Y ahora, harto de lo que considera una falta de respaldo a la guerra en Irán y a sus esfuerzos por reabrir el estrecho de Ormuz, advierte que retirará a EE.UU. de la alianza atlántica una vez que culmine la ofensiva sobre el estado persa.
Cobardes y tigres de papel
Tras llamar “cobardes” a sus aliados europeos por sus reticencias a involucrarse en el conflicto bélico, Trump ha dicho que nunca lo convenció la OTAN. “Siempre supe que era un tigre de papel, y el presidente ruso Putin también lo sabe”, aludió morboso al acaso mayor enemigo de la alianza europea. Esta vez, además, las críticas también han salido de miembros de su gabinete. Casi en simultáneo, el secretario de Estado, Marco Rubio, anunció en una entrevista con la cadena qatarí Al Jazeera que Washington reexaminará su relación con la OTAN tras el conflicto en Irán. Siendo el mayor aportante de los 32 miembros, el retiro de Estados Unidos de la alianza sería un golpe mortal para ella.
Frenos contra decisión unilateral
Una ley aprobada durante la Administración Biden, y de la cual curiosamente Rubio fue uno de sus patrocinadores, exige una mayoría de dos tercios en el Senado o un texto legal del Congreso para dar luz verde a la salida de Estados Unidos de la OTAN. Otra ley de fines del año pasado impide incluso reducir el número de tropas estadounidenses en Europa por debajo de los 76.000 (hoy tiene a 85.000 soldados acantonados en el Viejo Continente). De todas maneras, con el inicio de la guerra en Irán, sin aprobación parlamentaria alguna, Trump ya demostró que estos blindajes no suponen para él ningún obstáculo cuando de materializar sus objetivos se trata.
El rival acérrimo sale beneficiado
El país que mira complacido desde el balcón estos dimes y diretes entre los socios de la OTAN es Rusia. Consultado sobre una eventual decisión extrema del gigante norteamericano, el portavoz presidencial ruso, Dmitri Peskov, no quiso aludir directamente a ello, pero lanzó un mensaje inequívoco: “Respecto a la OTAN, es una alianza hostil para nosotros, una alianza que nos considera su enemigo y que toma las correspondientes acciones hostiles”. Esta situación se produce, además, en momentos en que la economía rusa está recibiendo un salvavidas debido al aumento de sus ingresos petroleros por el cierre del estrecho de Ormuz.
El complejo papel del secretario
El encuentro de la semana que viene en Washington será el sexto entre Rutte y Trump desde que este empezó su segundo mandato. Tres de las cinco reuniones sostenidas hasta hoy han sido en la Casa Blanca. Rutte justificó hace unos días que EE.UU. no avisara a los aliados que iba a atacar Irán porque quería “mantener la campaña en secreto” y evitar filtraciones. Declaraciones complacientes con Washington como estas son las que algunos critican en el seno de la OTAN, pero otras voces dentro de la organización resaltan que esas “actitudes genuflexas” hacia Trump son las que pueden apaciguarlo y ahuyentar estropicios mayores en la tormentosa relación actual.













