Una vez más, el canibalismo político está de regreso en los debates presidenciales de primera vuelta electoral, y seguramente lo estará en los de segunda vuelta y volverá a instalarse, amenazante y reinante, entre los nuevos poderes gubernamental, legislativo y judicial, con toda su mecánica y estrategia autodestructiva.
Pareciera que la historia nos hubiese impuesto un solo camino para hacer política: el del odio y la confrontación, sin lugar para el respeto mínimo por el otro, sin lugar para el diálogo y entendimiento mínimos por un consenso extraviado, y sin lugar para el esfuerzo nacional mínimo por el sostenimiento de la democracia.
Todo parte de la lógica antropológica de la política de considerar que los malos son los otros que están allá y los buenos nosotros que estamos acá. Quizás psicoanalistas respetables como Moisés Lemlij, que ayer celebró 88 años, lo sepan decir y explicar mejor, pero los demás no terminamos de entender por qué los peruanos nos inclinamos, feroz y constantemente, a arruinar lo poco que construimos.
Los hábiles fabricantes de odio y confrontación de siempre han convertido la fiesta de exposición de ideas y propuestas convocada por el JNE, en una fiesta caníbal, como la llama la historiadora Carmen McEvoy, en su columna de El Comercio del domingo último, en la que ella demanda, entre otras cosas, vencer el servilismo, la ausencia de virtud republicana, el odio a la inteligencia, pero, sobre todo, recordando a Raúl Porras Barrenechea, “la falta clamorosa de caridad civil”.
Qué hacemos con los fines supremos de los debates presidenciales si los propios protagonistas son los primeros en romper las reglas pactadas, valiéndose, con toda impunidad, de la mentira y el insulto como recursos de impacto público. Y lo hacen mediante una eficaz maquinaria de liquidación de dignidades y reputaciones, que nada tiene que ver con la legítima confrontación al adversario mediante acusaciones acompañadas de argumentos y pruebas.
De cara al sube y baja angustiante de las encuestas, los candidatos presidenciales están ante la disyuntiva implacable de debatir por el voto ciudadano o por el odio al otro o a la otra, por alternativas de gobierno o por cada infeliz armario de descalificaciones y prontuariados.
Esta fiesta caníbal asoma, con su perfil de espanto, en un momento de desconcierto para el votante del 12 de abril, que no sabe qué candidatos terminarán por pasar a la segunda vuelta electoral; que no tiene la menor idea del Gobierno y Legislativo que verá a partir del 28 de julio; y que finalmente presiente que ambos nuevos poderes podrían no perdurar en sus plazos de mandato. Detrás de estas interrogantes yace y subyace el canibalismo voraz que los políticos, en su humanidad antropológica, no pueden reemplazar por una inteligente y civilizada manera de manejar sus diferencias y discrepancias, e inclusive sus rivalidades.
¿Qué fuerzas limpias u oscuras pueden más? ¿Las ideas y propuestas, o los insultos y las difamaciones? En eso estamos hace dos siglos. Y de eso no salimos.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.














