“La calle es dura”, decía Manolo Rojas, y en esa frase cabía casi toda su historia. Cabía el muchacho que aprendió a hacer reír cuando todavía no había cámaras ni micrófonos, solo una plaza, una vereda, un puñado de curiosos y el reto de arrancarle una carcajada a la vida. Cabía también el artista que, años después, convertiría esa escuela áspera en oficio y memoria popular. Por eso su muerte no duele solo como la partida de un comediante querido. Duele como el silencio repentino de una voz que supo retratar al Perú desde la risa.
La noche del viernes murió Víctor Manuel Rojas Ibáñez, a los 63 años. Su cuerpo fue hallado sin vida en la puerta de su vivienda, en la urbanización Santa Catalina, en La Victoria. Mientras las causas de su fallecimiento son aún materia de investigación, el dolor ya encontró rostro en familiares, amigos, colegas y seguidores que empezaron a despedirlo con desconcierto.
Pero para entender por qué su partida golpea tanto, hay que volver al comienzo. Manolo empezó a actuar a los 16 años, bajo la carpa de un circo familiar, Las águilas humanas. Después vino la calle. Chincha. Las plazas. Las jornadas compartidas con otros cómicos populares como Willy Hurtado, Nicho Ortiz, Cachay, Tripita, ‘El Chorry’ y Cascarita. De esos años hablaba con nostalgia y gratitud. No porque hubieran sido fáciles, sino precisamente porque fueron duros. Porque allí aprendió a confiar en sí mismo, a no rendirse y a seguir detrás de sus sueños cuando el escenario era incierto.
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En la calle, decía, había que ser muy bueno. Primero para detener a la gente. Luego para hacer que se quedara. Había que pelear contra la distracción, el apuro y el miedo. Y aun así, o quizá por eso mismo, fue una escuela. De Tripita, recordaba, aprendió una lección que se le quedó para siempre: que un comediante no solo debe hacer reír, también debe dejar algo más, un mensaje, una idea, un pequeño eco que siga sonando cuando el chiste termina.
Eso fue, en el fondo, lo que hizo Manolo Rojas durante toda su carrera. Su talento para la imitación nunca fue una simple reproducción de voces. Tenía el talento para atrapar el alma pública de un personaje, su gesto, su ridículo, su música interna, y devolverlo al público convertido en humor. Por eso sus imitaciones no se agotaban en el parecido. Funcionaban porque eran también una lectura popular del país.
Fue el Brother Pablo el personaje que le abrió las puertas de la televisión. Esa imitación, que empezó a darle notoriedad, lo empujó a buscar un lugar en “Risas y salsa”, entonces el programa más exitoso de la pantalla peruana. Recién al tercer intento logró quedarse. Manolo Rojas nunca se resignó a que una puerta cerrada fuera la última palabra.
Después llegaron “Los amigos de la risa”, “Risas de América” y, más adelante, “Los Chistosos”, donde encontró otro lugar decisivo en su trayectoria. Allí su voz se volvió todavía más cercana y parte de la vida diaria de sus oyentes. En la radio, como en la televisión, mantenía intacta esa capacidad de transformar el humor en compañía. No solo hacía reír: acompañaba.
Su carrera también incluyó la ficción. Actuó en series como “Al fondo hay sitio”, “De vuelta al barrio” y “Néctar en el cielo”, y llevó su presencia a la pantalla grande con filmes como “Cebiche de tiburón”, “Una comedia macabra” y “El manual del pisado”.
La política tampoco le fue ajena: postuló dos veces a la alcaldía de Huaral, aunque esa experiencia terminó dejándole una mirada crítica sobre ese mundo. “En la política hay mucha corrupción, todo está manipulado”, dijo en una entrevista con este Diario, al recordar no solo el dinero que perdió en ambas campañas, sino también el desencanto que le dejó esa incursión.
Manolo junto a Los chistosos, cuando aún estaban el maestro Guillermo Rossini y Giovanna Castro. (Foto: GEC)














