Por: Ginevra Baffigo
Ni en las Metamorfosis de Ovidio se vio una transformación tan espectacular: la “paloma” que hace un año volvió a su nido en la Casa Blanca hoy vuela como halcón.
La ironía es evidente. Durante años Donald Trump repitió que Estados Unidos debía dejar de gastar recursos en conflictos lejanos. Criticó Irak y Afganistán —tanto la ida como la “vuelta”—, ridiculizó a los estrategas del nation-building y prometió concentrarse en la economía: menos guerras, más negocios.
Hoy, sin embargo, la Casa Blanca bombardea Irán mientras el propio Trump —con notable elasticidad conceptual— insiste en que sigue siendo un “presidente de paz”.
Si la paz en Washington es un concepto elástico, el casus belli parece directamente moldeable. Dentro de la administración estadounidense circulan varias explicaciones —desde la disuasión nuclear hasta el colapso del régimen—. Todas conviven de forma poco realista y nada mágica. Para un conflicto con consecuencias globales, los objetivos siguen siendo sorprendentemente vagos.
Lo mismo ocurre con los tardíos llamados de Trump a la insurrección de los iraníes mientras los bombardea. Los opositores que en enero protestaban contra el régimen de los ayatolás ya han sido —eso sí, casi mágicamente— desaparecidos: unos 43 mil, según el ICHR¹.
Mientras tanto, el resultado más inesperado se ha producido dentro del propio Irán. Tras la muerte de Alí Khamenei, el poder “supremo” ha pasado a manos de su hijo Mojtaba, en una sucesión dinástica que muchos analistas descartaban antes de la ofensiva israelí-estadounidense. Pero la historia tiene sentido del humor.
Irán hizo una revolución para terminar con los sahs. Medio siglo después descubre que el poder también puede heredarse… incluso sin corona.
La sucesión funciona como una apuesta por la unidad nacional más que como un retorno al pasado persa. Y, sin embargo, tampoco el presente ofrece fisuras evidentes: pocos derramarían lágrimas por la desaparición de los ayatolás —cuyos misiles han alcanzado incluso Jerusalén en pleno Ramadán—, pero ni siquiera la eliminación de figuras clave, como la del poderoso Larijani esta semana, permite vislumbrar grietas que anticipen un cambio de régimen.
Más bien, la presión externa está alimentando el sentimiento antiimperialista. Un reflejo que se remonta al golpe de Estado de 1953 contra Mossadeq y que desembocó en la revolución de 1979.
De paradoja en paradoja, las consecuencias se pagan también en Ucrania. La guerra que el republicano prometía resolver en un par de semanas sigue activa y costosa, mientras Rusia se beneficia directamente de la flexibilización —aunque transitoria— del régimen de sanciones.
No es casual: el conflicto disparó el precio del petróleo por encima de los 100 dólares tras las tensiones en el estrecho de Hormuz. Desde Washington, Trump lo calificó como un “precio a pagar” —esta vez— por la seguridad, aunque ese tributo se traduzca en más especulación. No por último, aquí en Perú, donde el precio del combustible suele subir como si pudiera viajar al futuro… pero rara vez da marcha atrás cuando el barril cae.
Y en ese tablero más amplio hay un actor que no pierde, sino que juega otra partida: China. Mientras Occidente encarece la guerra, el petróleo sigue fluyendo hacia Pekín, sostenido por sus vínculos con Teherán y por una red de compradores dispuestos a pagar en yuanes.
Trump, lejos de matar dos palomas con un tiro —casi en un impulso caníbal—, descubre que el disparo le salió por la culata. La guerra en Irán se convierte en una colección de ironías geopolíticas: un presidente “pacifista” inicia la tercera guerra del Golfo; un ataque destinado a debilitar un régimen parece consolidarlo; y una operación que debía reforzar la seguridad global acaba dándole aire a Moscú y crudo a Pekín.
Si Ovidio viviera hoy, quizá encontraría menos inspiración en la mitología. Y más en la política internacional.
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¹ ICHR (International Center for Human Rights): estimaciones sobre represión y desapariciones en Irán tras las protestas del 2026.













