Pensar en las segundas oportunidades siempre resulta difícil en una sociedad que suele dar la espalda a quienes cometieron un error. Sin embargo, para Gael De Lichtervelde y Alberto Gómez Borrero, esta dificultad es la motivación principal para levantarse todos los sábados. Su destino no es un club ni una cancha impecable, sino el patio del Centro Juvenil de Diagnóstico y Rehabilitación de Lima “Maranguita”. Allí, entre muros que custodian historias en las que la contención muchas veces no existe, los más de 20 chicos que forman parte de los Inkas Rugby demuestran que el cambio es posible a través del deporte.
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Los Inkas Rugby tienen sus raíces en una historia que comenzó en 2009 en la Unidad 48 de San Martín, en Buenos Aires (Argentina). Allí, el abogado Eduardo “Coco” Oderigo creó la Fundación Espartanos, un proyecto social que revolucionó el sistema penitenciario argentino y que inspiró una serie del mismo nombre en Disney+. Lo que empezó con apenas diez internos hoy es un movimiento que alcanza a más de 3000 personas en 65 unidades penales de siete países: Argentina, Chile, El Salvador, España, Kenia, Perú y Uruguay.
La efectividad del modelo es lo que inspiró a implementarlo en Perú en 2016. Mientras que la tasa de reincidencia delictiva en el sistema penal convencional puede superar el 60%, entre quienes pasan por el programa de los Espartanos este índice cae drásticamente a menos del 5%. Esta estadística no es casualidad, es el resultado de un método que utiliza el rugby no solo como ejercicio físico, sino como una herramienta de “reingeniería humana”. Al igual que en Argentina, Inkas Rugby se sostiene sobre cuatro pilares fundamentales: el rugby, la espiritualidad, la educación y la cultura del trabajo.
No se necesita una losa deportiva profesional para jugar; el rugby se adapta, se ensucia y resiste, igual que los jóvenes que lo practican es así que en cada jornada de entrenamiento, que empieza los sábados a las 9:00 am, no solo se trata de practicar un deporte, sino también de hablar de valores.

Los sábados, los Inkas Rugby tienen una cita imperdible: los entrenamientos.
/ Julio Reaño
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Antes de que el silbato inicial marque el comienzo de cualquier encuentro, como el que se disputó el pasado 28 de febrero, ocurre uno de los momentos más simbólicos para el equipo: todos se reúne para rezar un Padre Nuestro. Este ritual no es solo religioso, es un pacto de unidad.
Además, el equipo evoca la fuerza ancestral diciendo Huk, iskay y kimsa (Uno, Dos y Tres en quechua). Bajo la dirección técnica de Anderson Pinto, los chicos aprenden que entrenando se ofrece la mejor versión de uno mismo, pero compitiendo es donde realmente se demuestra lo aprendido.
El proyecto Inkas Rugby ha logrado tejer una red de solidaridad con la comunidad del rugby peruano. Equipos como el Flaming Lion o el de la universidad de San Marcos participan activamente, rompiendo la barrera del prejuicio.













