El gobierno de Rusia anunció esta semana que ha iniciado un proceso de restricción parcial contra Telegram, servicio de mensajería y redes sociales de enorme popularidad en dicho país.
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Sin embargo, hay otros frentes de gran sensibilidad para los intereses de Moscú en los que Telegram viene siendo usado. El más importante de ellos es la guerra entre Rusia y Ucrania, debido a que ambos hacen uso extensivo del servicio de mensajería, a los que se suman observadores internacionales, miembros de entidades humanitarias y corresponsales de guerra.
Más allá de los críticos habituales del Kremlin, el bloqueo de Telegram ha generado críticas desde los propios partidarios del gobierno. Los propagandistas digitales, conocidos como ‘Z-bloggers’ por la letra Z que se pinta en los tanques rusos, han cuestionado la medida señalando que puede poner en riesgo las comunicaciones de las tropas desplegadas en el frente ucraniano.
La plataforma de mensajes es empleada de forma extensa por los soldados rusos para la coordinación táctica ante la falta de sistemas de comunicación militares confiables, gracias a la encriptación que ofrece el servicio. Operaciones logísticas, informes y hasta ataques con drones son discutidos a través del aplicativo.
Medios como “The Guardian” reportaron que desde el martes 10 circularon varios videos de soldados rusos mostrando su enfado por la limitación impuesta a Telegram. “¿Acaso nos preguntaron? ¿Alguien vino y averiguó si esto sería úti?l”, se escuchaba decir a un efectivo en una de las grabaciones.
Los blogueros militares rusos han señalado que la decisión de limitar el uso de Telegram llega en un momento que ya era complicado para la comunicación militar, debido a que Ucrania había llegado a un acuerdo con Elon Musk para desactivar los terminales de Starlink empleados por las fuerzas de Moscú. Estos dispositivos no solo eran empleados en los intercambios entre oficiales rusos, sino que también se usaban para controlar drones militares.
La preocupación también ha alcanzado a algunas autoridades regionales, sobre todo en las zonas limítrofes. Uno de ellos es Vyacheslav Gládkov, gobernador de Bélgorod, región que sufre las incursiones de drones procedentes de Ucrania.
“Preocupa que la ralentización de los canales de Telegram pueda afectar la entrega de información operativa si la situación empeora”, señaló.
El inicio de la invasión a Ucrania fue un punto de inflexión en el uso de las redes sociales dentro de Rusia. A solo semanas del inicio del conflicto el Kremlin vetó directamente el uso de Facebook e Instagram, haciendo lo mismo poco después con X, que por ese entonces todavía se llamaba Twitter.

El lugar del ataque con drones rusos contra un edificio residencial en Kiev, Ucrania, el 3 de febrero de 2026, en medio de la invasión rusa. Foto: EFE/EPA/STRINGER
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El gobierno de Vladimir Putin calificó a estas plataformas como “organizaciones extremistas” y sostuvo que la suspensión de estas redes en su jurisdicción también se sostenía en que por estas circulaban “noticias falsas”. Con esta premisa fue que se creó una “Ley contra las fake news”, bajo la que TikTok también quedó prácticamente fuera de circulación.
Contra YouTube las restricciones fueron más progresivas con la finalidad de no generar malestar entre la población, ya que se trata de un aplicativo de enorme popularidad. No obstante, se terminó recurriendo a medidas similares a las que actualmente se emplean contra Telegram, pues para fines de 2024 los reguladores rusos redujeron en un 70% la velocidad de carga.
El nivel de degradación técnica llevó a que el servicio quedara inutilizable en la práctica, tras lo cual se hizo finalmente efectivo el bloqueo total del dominio de YouTube.
Otros servicios como Viber y Signal también fueron bloqueados en territorio ruso por negarse a entregar información al FSB.
El conflicto entre Telegram y el gobierno de Rusia tiene varios años de historia, con los primeros desencuentros en el 2018, cuando el servicio de inteligencia ordenó a la plataforma el cierre de grupos en los que la oposición organizaba protestas contra Vladimir Putin. Pável Dúrov rechazó esta y otras solicitudes similares con firmeza e incluso ironía, entrando en conflicto directo con el Kremlin.
En el 2018 Rusia hizo un primer intento por limitar el uso de la aplicación luego de que esta se negara a que el FSB saltara el cifrado en los mensajes para acceder a las conversaciones de sus usuarios rusos. El argumento gubernamental era la lucha antiterrorista.
El intento de bloqueo tuvo un resultado cuestionable, pues se terminaron restringiendo cerca de 20 millones de direcciones IP, afectando a usuarios, bancos, comercios e incluso sistemas de reserva de vuelos. Lo irónico fue que Telegram continuó funcionando y el Kremlin dio marcha atrás.

Pavel Durov, CEO y cofundador de Telegram. (Foto de Steve JENNINGS / AFP)
/ STEVE JENNINGS
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La figura de Dúrov siempre fue vista con desagrado por Putin y su entorno, pero también por las autoridades europeas.
El estado de Telegram como empresa con sede en las Islas Vírgenes Británicas y registro en Dubái (Emiratos Árabes Unidos) —donde reside el empresario— era considerado peligroso por las autoridades de la Unión Europea, que consideraban que el servicio padecía una falta de moderación que permitía su utilización por redes de tráfico, estafas y otras actividades ilícitas.
Esta situación llevó a la detención de Dúrov en agosto del 2024 tras llegar a París a bordo de su avión privado. Lo paradójico fue que el gobierno ruso salió en su defensa, probablemente preocupado por un escenario en que el fundador de Telegram entregara a Francia y sus aliados los códigos para saltar la encriptación de la plataforma de mensajería. En este escenario se abría la posibilidad de que los adversarios de Putin pudieran acceder a las comunicaciones de la milicia rusa en el frente ucraniano, entre otras cosas.
Esto finalmente no sucedió, pero Dúrov terminó accediendo al pedido europeo de mayor moderación en su aplicativo.
Si el historial convulso del fundador de Telegram con el gobierno ruso ya parece amplio, este va todavía más atrás en el pasado con la red social Vkontakte (VK). Esta plataforma, conocida en Occidente como el “Facebook ruso”, fue creada por Pável Dúrov y su hermano Nikolai, quien también es cofundador de Telegram, y fue durante años la plataforma de referencia en territorio ruso.
En el 2014 el Kremlin pidió a VK entregar los datos de usuarios ucranianos involucrados en protestas contra el gobierno prorruso de Viktor Yanukovich y bloquear la página de Alexei Navalny. Pável Dúrov rechazó de forma pública esta solicitud y publicó las órdenes que las autoridades rusas le habían enviado.

La red social Vkontakte también fue creada por Durov, pero pasó a manos de Gazprom. (Foto: captura de pantalla)
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Esto desencadenó la marcha de Dúrov de Rusia y su salida de VK. La empresa estatal de hidrocarburos Gazprom terminó haciéndose con el control de la red social a través de sus subsidiarias, con lo que esta pasó a ser controlada directamente por el gobierno.
La situación actual del Internet ruso es de aislamiento a nivel global, por lo que Moscú viene impulsando con mayor fuerza que antes el desarrollo de un ecosistema propio que le permita prescindir de los servicios occidentales.
Para tal fin la gestión de Putin ya dispone de Rutube, plataforma de video que también es propiedad de Gazprom, y ahora busca promocionar el servicio de mensajería Max como alternativa a otras ‘apps’ análogas como Telegram o WhatsApp.
El Kremlin ha admitido que Max estará integrada con los servicios gubernamentales e incluso afirma que será una aplicación cuya preinstalación será obligatoria en todos los equipos inteligentes desde el 1 de setiembre. De momento la aplicación ha sumado 18 millones de usuarios durante la última semana, según sus propios desarrolladores.
Los críticos y opositores del régimen de Putin declaran que estas aplicaciones serán esencialmente medios de espionaje, pero el gobierno ruso ha negado esas afirmaciones indicando que sus aplicativos tienen menos restricciones que los servicios occidentales.














