Norma Martínez no habla de la dirección como un ascenso ni como un viraje calculado. En su relato no hay estrategia, sino encuentros. Textos que conectan con ella, proyectos que la provocan y obras que la retan. “No quiero caer en la idea más vacía de entretener por entretener”, aclara. En su caso, dirigir le da la oportunidad para enfocarse en lo que quiere decir. En la mirada panorámica que se asume cuando llega al teatro para llevar a las tablas propuestas como “Una obra para quienes viven en tiempos de extinción” en el teatro La Plaza.
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A esa expansión del campo artístico se suma una responsabilidad menos romántica, pero igual de decisiva. Dirigir también implica pensar en la sala llena, en cómo se comunica una obra, en cómo se convoca al público sin traicionar el sentido del proyecto. Aparecen preguntas incómodas: dónde ceder, dónde no, hasta qué punto intervenir. Y aparece, también, una soledad específica.
“Hay decisiones que solo uno puede tomar y todos esperan esa decisión. Dirigir una obra puede generar una gran soledad -comenta Martínez- Una vez estrenada la obra el director ya no tiene lugar: no puedes ir a cabina ni al camerino, muchos menos a la platea porque incomodas al público, como actor es extraño sentir eso”
La obra que actualmente dirige parte de una situación límite: ante la ausencia de sus actrices, una dramaturga se ve obligada a salir sola a escena y salvar la función. Desde ese gesto inicial —práctico, casi desesperado— se despliega un relato que aborda la vida en la Tierra en plena era de la extinción provocada por el ser humano. No se trata de una obra de denuncia directa ni de un alegato ambientalista convencional, sino de una reflexión que avanza entre el teatro, la conferencia y la confesión.
A lo largo del montaje, el público es conducido por las distintas etapas de la extinción hasta llegar a la última: aquella causada por nuestra propia especie. El texto propone una mirada amplia sobre el desastre ecológico, pero también sobre el miedo a la muerte, la desaparición y la fragilidad de lo humano. Hablar de la pérdida de especies, parece sugerir la obra, es también hablar de la posibilidad de nuestra propia extinción.
Martínez opta por no forzar el texto hacia una lectura local o coyuntural. La obra no habla explícitamente de minería ilegal ni de conflictos ambientales específicos, aunque dialoga inevitablemente con ellos. Su apuesta es otra: construir un espacio donde el espectador pueda pensar el presente desde una dimensión más amplia, reconociendo que la crisis ambiental no es un problema ajeno ni abstracto, sino una consecuencia directa de nuestras decisiones como sociedad.
Este proyecto dialoga con preocupaciones que la directora ya había explorado en trabajos anteriores y que siguen marcando su horizonte creativo. Hacia adelante, Norma Martínez no habla de planes cerrados, pero sí de una línea clara: seguir vinculándose con textos y proyectos que interroguen el presente, que hablen del mundo que habitamos y del futuro que estamos construyendo —o destruyendo—.













