El Senado debe servir como una cámara que acompañe y mejore las iniciativas de los diputados, sobre todo en materias como seguridad ciudadana, educación y el fortalecimiento institucional. Su tarea es corregir, elevar el debate y producir leyes de mejor calidad para el país.
Un Senado que sirva también está llamado a cambiar al Congreso desde los gestos. El nuevo reglamento establece un tope presupuestal y estamos obligados a hacer que ese límite funcione. No puede ser un tope pensado para una sola estructura, sino un límite que contenga el gasto y ordene prioridades.
La ciudadanía no debe ver al Senado como un espacio de privilegios, sino como uno de servicio público. Para ello, exijamos una lista cerrada de recursos permitidos, límites de gasto y transparencia a través del portal de acceso ciudadano. La rendición de cuentas debe ser previa y condicionante para liberar recursos.
Pongamos fin al turismo congresal con menos viajes innecesarios, viáticos estrictos, y criterios de utilidad real. Revisemos gastos de representación y cortemos la grasa en asesorías, fortaleciendo el servicio parlamentario con meritocracia. Un Senado que sirva debe digitalizarse, permitir el control ciudadano y evaluar la eliminación del voto de abstención para recuperar la confianza. Decidir, rendir cuentas y actuar de cara al país.













