Lo que empezó como un murmullo de sirenas en la madrugada terminó convirtiéndose en uno de los siniestros más graves del siglo XX en la capital. El Jirón de la Unión, aquella arteria que alguna vez fue el paseo obligado de la aristocracia limeña, se transformó en un escenario de guerra y escombros.
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La tragedia tuvo un origen calculado y perverso. Según las investigaciones policiales y el testimonio del Comandante General del Cuerpo General de Bomberos Voluntarios del Perú (CGBVP), Waldo Olivos, el fuego no fue un accidente.

Los terroristas habían sembrado el Centro de Lima con artefactos incendiarios de una sofisticación aterradora por su simplicidad: pequeños frascos de vidrio, apenas del tamaño de un pulgar o un gotero, cargados con una mezcla letal. Estos dispositivos contenían ácido sulfúrico y gasolina, sellados con una tapa de plástico que llevaba adherido clorato de potasio.
El mecanismo era una trampa de tiempo: el ácido corroía lentamente el plástico hasta tocar el clorato, provocando una chispa que encendía el combustible. Los terroristas los ocultaron estratégicamente entre los pliegues de vestidos, pantalones y fardos de telas, esperando que la noche hiciera el resto del trabajo sucio.
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ASÍ EMPEZÓ TODO: EN MARUY
El primer aviso del desastre ocurrió a la una de la madrugada, en el estudio fotográfico ‘Búho’, pero fue controlado rápidamente. Sin embargo, la verdadera pesadilla comenzó a las cuatro de la mañana, en la emblemática tienda ‘Maruy’, situada en la cuadra cuatro del jirón.


Desde ese lugar, el fuego, alimentado por toneladas de material inflamable, se propagó con una voracidad que desafiaba cualquier esfuerzo humano por contenerlo. Minutos después de los primeros chispazos en la ‘Casa Maruy’, una explosión sacudió el tercer piso del edificio, donde funcionaba un taller de letreros repleto de pinturas y solventes.
El estruendo fue el prólogo de una expansión incontenible que empezó a devorar los inmuebles colindantes. El fuego saltó de fachada en fachada, ignorando los estrechos callejones y consumiendo todo a su paso en una superficie de 2 mil 500 metros cuadrados.
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La labor de los bomberos fue heroica, pero se vio entorpecida por los males crónicos de esa Lima ochentera: la bajísima presión de agua en los grifos del centro y la imprudente aglomeración de curiosos que, pese al cordón policial, dificultaban el despliegue de las mangueras. Los bomberos debieron prodigarse durante casi nueve horas ininterrumpidas para apenas atenuar las lenguas de fuego que amenazaban con desaparecer manzanas enteras.

EL DRAMA HUMANO ENTRE LAS LLAMAS
Mientras las llamas devoraban la ‘Casa Maruy’, el drama humano se multiplicaba en los pisos superiores y en los locales y las viviendas vecinas. Martha Morales de Pando, inquilina del departamento 10 en el Jirón de la Unión Nº 442, fue despertada bruscamente por los gritos de su hermana. Apenas tuvo tiempo de poner a salvo a su esposo y a su hijo antes de que el humo copara su hogar, perdiendo en pocos minutos el esfuerzo de toda una vida.
La escena se repetía en cada portal. Julia Béjar, vecina del mismo inmueble, observaba con incredulidad cómo el incendio «crecía y crecía“, convencida de que terminaría por borrar todas las casas de la zona. En la pensión ‘Círculo Boliviano’, su propietario Arturo López y sus hijos veían desvanecerse su sustento bajo el calor asfixiante del fuego indiferente.
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En medio del caos, surgió la figura de ‘Los Leopardos’ de la Guardia Civil. En una operación coordinada con los bomberos, los efectivos lograron rescatar a 36 menores de edad que habían quedado atrapados en las viviendas tugurizadas que abundaban en la manzana. Fue un milagro entre las cenizas: a pesar de la magnitud del desastre, no hubo muertes que lamentar.

El saldo material, sin embargo, fue desolador. Treinta inmuebles quedaron reducidos a esqueletos de carbón o seriamente afectados. La lista de negocios afectados gravemente parecía no tener fin: el hotel residencial ‘Paraíso’, la zapatería ‘Geraldine’, la casa de novios ‘Santé’ y las librerías ‘Unión’. La cafetería ‘Toña’ y la boutique ‘Ronald’s Jeans’ también sucumbieron ante la furia del incendio provocado por el terrorismo de Sendero Luminoso.
El fuego no se limitó al Jirón de la Unión; sus lenguas alcanzaron la primera cuadra del Jirón Callao, afectando al chifa ‘Tic Tac’ y a la fábrica de telas de Roberto Mestanza. El valor de los daños se calificó de inmediato como incalculable. Centenares de “millones de intis” se esfumaron entre el humo, dejando a decenas de familias y comerciantes en la más absoluta ruina económica.
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Hacia las ocho de la noche, mientras Lima aún no se recuperaba del impacto, se registró otro amago de incendio en ‘La Gran Vía’, también provocado por bombas incendiarias. La intención de los sediciosos era clara: generar siniestros simultáneos para desbordar la capacidad de respuesta de los bomberos. De haber funcionado todos los artefactos, la historia de Lima hubiera sido mucho más trágica.

LAS BOMBAS DE TIEMPO EN LOS ESCAPARATES
La pericia de los expertos policiales permitió el hallazgo de once diminutas bombas incendiarias caseras en locales como ‘Vía Veneto’, ‘Sears’ y tiendas ‘Ode’. En esta última, cuando los hombres de rojo ya finalizaban su labor al mediodía, se descubrieron cinco artefactos similares intactos, pero activados y ocultos maliciosamente entre fardos de telas listos para arder al menor contacto con la chispa química.
El comandante Waldo Olivos no dudó en señalar que, de haber explosionado todas estas «bombas de tiempo“, estaríamos lamentando uno de los incendios más grandes registrados en la historia del país. La táctica terrorista buscaba golpear los puntos neurálgicos del comercio limeño: ‘Sears’, ‘Ode’ y ‘La Gran Vía’ eran objetivos simbólicos del dinamismo de la capital en aquella década de 1980.
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Las imágenes que captaron los fotógrafos de esta casa periodística mostraban la desolación de los comerciantes que, entre sollozos, intentaban rescatar maniquíes desnudos o rollos de tela empapados. Era el cuadro de una ciudad herida, golpeada y desesperada.

El Jirón de la Unión, que había sido el epicentro de la elegancia y la vida social a comienzos del siglo XX, se veía ese febrero de 1986 como un campo de batalla, donde el hollín cubría las fachadas de los nuevos y viejos locales republicanos.
Ocho valerosos bomberos y cuatro civiles debieron ser atendidos de emergencia por las unidades paramédicas tras colapsar por la inhalación de gases tóxicos. El humo era denso y letal, cargado de los químicos provenientes de los talleres y las tiendas de ropa. El esfuerzo físico de los voluntarios, muchos de los cuales trabajaron sin descanso desde la madrugada, fue la única barrera que separaba esa parte del jirón y su destrucción total.
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Al caer la tarde de ese 4 de febrero de 1986, las autoridades determinaron que la estructura de la ‘Casa Maruy’ representaba un peligro público. Sus paredes, debilitadas por horas de fuego intenso, amenazaban con desplomarse sobre los transeúntes. Por ello, se procedió al derribo controlado de los restos de la fachada, cerrando así un capítulo de horror en la cuadra cuatro del Jirón de la Unión.

La investigación del siniestro fue asumida por la Dirección contra el Terrorismo (Dircote), que recibió los frascos de vidrio recuperados para rastrear el origen de los insumos. El ataque fue denunciado como una muestra más de la barbarie terrorista que pretendía paralizar la vida urbana mediante el miedo y el fuego.
LAS CICATRICES DE UN MARTES NEGRO
Mientras los últimos puntos de fuego eran sofocados, los testimonios de los sobrevivientes seguían apareciendo. Historias como la de la imprenta ‘Pulgar S.A.’ o el hostal ‘Unión’, cuyos propietarios veían con impotencia cómo las llamas borraban décadas de trabajo. La solidaridad se hizo presente, pero el dolor por el patrimonio perdido era una tristeza difícil de disipar.
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Waldo Olivos recordó ante la prensa otros grandes incendios, como el de la calle ‘Plumereros’ en 1931 o el del Mercado Central en 1964. No obstante, enfatizó que la premeditación y naturaleza terrorista de este evento lo situaban en una categoría distinta de horror. Ese año de 1986 no fue la negligencia lo que quemó la cuadra cuatro del histórico Jirón de la Unión, sino la voluntad destructiva de quienes odiaban la paz de los peruanos de esos años.

Hoy, al revisar las páginas de El Comercio, las fotografías de esa cuadra del largo jirón o de las bombas diminutas -esos pomitos de vidrio del tamaño de un dedo- nos siguen causando escalofríos. Las imágenes nos recuerdan cómo la fragilidad de una mecha puede poner en jaque a una gran urbe y cómo el valor de unos pocos pudo evitar una catástrofe aún mayor.
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El Jirón de la Unión eventualmente recuperaría su tránsito peatonal, pero la esquina con el Jirón Callao, casi en frente de la Plaza de Armas de Lima, nunca volvió a ser la misma después de aquellas nueve horas de infierno.
El 4 de febrero de 1986, hace 40 años, fue el día en que Lima se enfrentó a sus demonios en pleno Jirón de la Unión, y aunque las pérdidas fueron inmensas, este punto de la capital se mantuvo firme para contar la historia de su propia reconstrucción.















