En Sirāt, Óliver Laxe convierte las arenas y los oasis del desierto marroquí en una pista de baile monumental. Entre polvo, luces estroboscópicas y parlantes que vibran, cientos de ravers avanzan como una comunidad errante, entregada a la música electrónica como último refugio. Esa es la primera imagen, el primer contacto con la historia de Luis (Sergi López) y su hijo Esteban (Bruno Núñez), quienes se abren paso entre la multitud mientras buscan a Mar, la hija ausente del padre.
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En ese tránsito aparecen comunidades nómadas, fiestas rave levantadas en medio de la nada y personajes que viven marcados por la pérdida. Jade, Bigui, Steff, Tonin y Josh —personajes secundarios— son parte de una subcultura que encuentra en el baile, en la repetición y en el ruido una forma de resistencia. “¿Por qué seguimos caminando, por qué seguimos bailando, por qué seguimos adelante en este tren que es la vida?”, se pregunta el director. “Creo que precisamente porque dentro de nosotros hay luz. Es la crisis, la pérdida, la derrota lo que nos edifica y nos hace crecer”, responde.
Laxe explica la carencia no como obstáculo, sino una fuerza transformadora. En Sirāt, el padre no se acerca a su hija siguiendo un rastro concreto, sino comprendiendo aquello que ella habitaba. “Viéndolo así se podría decir que cuando uno baila se conecta con aquellos que también estuvieron ahí, bailando, conectándose entre sí. Quizá esa búsqueda de encontrar a alguien siempre acaba viviendo las cosas que esa otra persona vivió”, comenta Laxe.

Sergi López y Bruno Núñez sostienen el viaje central de Sirāt, una travesía marcada por el duelo, el cuerpo y el sonido. (Foto: Difusión)
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Desde su estreno en Cannes 2025, donde obtuvo el Premio del Jurado, Sirāt se consolidó como una de las propuestas más singulares del cine español reciente. Su recorrido internacional la llevó a figurar en la temporada de premios y a conseguir dos nominaciones clave en los Oscar 2026: Mejor Película Internacional y Mejor Sonido, una categoría especialmente significativa para una obra que se experimenta tanto con el oído como con el cuerpo.
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Pese a ello, Laxe observa el circuito de premios con una distancia poco habitual. “El gremio del cine se da demasiados premios a sí mismo. No salvamos vidas con ellos. Todo es un poco decorado, un poco falso”, afirma. Su mirada, sin embargo, no es cínica. “Hay que verlo positivamente: el cine internacional está madurando, cada vez es más global, más atrevido y más joven”, añade.
El debate se trasladó fuera de la pantalla durante la promoción de la película. En plena carrera al Oscar, Laxe generó controversia tras una intervención en el programa La Revuelta. Allí, al referirse al proceso de votación de la Academia de Hollywood y a la presencia de la película brasileña El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho, deslizó una crítica directa: “Los queremos mogollón, pero son ultranacionalistas. Yo creo que los brasileños presentan un zapato a los Oscar y lo votan todos”.

En Sirāt, Óliver Laxe transforma el desierto marroquí en un espacio físico y emocional donde la música electrónica y la pérdida avanzan al mismo ritmo. (Foto: Difusión)
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La polémica se intensificó por el contexto: la categoría de Mejor Película Internacional de este año destaca por su diversidad y por un marcado trasfondo político. Compiten la producción noruega “Valor sentimental”, la iraní “Un simple accidente”, ganadora de la Palma de Oro, la francotunecina “La voz de Hind Rajab” y la ya mencionada cinta brasileña que se posiciona como una de las favoritas en la contienda.
El director matizó su comentario en el mismo programa, subrayando que “El agente secreto” “es una película muy buena y brillante”. Aun así, sus declaraciones generaron reacciones críticas en Brasil en un momento especialmente sensible de la temporada de premios.














