En el teatro, muchas veces los vínculos se construyen trabajando. “La suite” nace desde ese lugar, donde la confianza y el oficio sostienen una comedia que apuesta por el riesgo. Sergio Galliani dirige y actúa por primera vez al mismo tiempo en el Teatro Marsano; Connie Chaparro vuelve a ese escenario bajo su dirección, como compañera de trabajo y de vida. El resultado es una obra exigente, intensa y deliberadamente incómoda, que se mueve en el límite entre el control y el caos.
La historia inicia con una promesa clásica —una pareja de recién casados celebrando su noche de bodas en una suite lujosa—, pero pronto se descarrila. Un botones maniático y una mucama tan calculadora como impredecible transforman la celebración en una cadena de situaciones absurdas, físicas, delirantes. La risa aparece, pero también la precisión. Nada está puesto al azar. Todo exige ritmo, control y una atención extrema, como una partitura que no perdona silencios fuera de tiempo.
Para Connie Chaparro, el personaje es una montaña rusa. “No es lineal, pasa por muchos estados, muchos matices y momentos fuera de serie. Soy una novia intensa, divertida, dulce, desbordada”, dice. El teatro, además, no ofrece escondites. “Acá no se puede ocultar nada. Todo sucede en vivo y cualquier cosa puede pasar”. Eso es parte del vértigo que la atrae y del desafío que asume función tras función.
Dirigir desde dentro del escenario ha sido uno de los mayores retos en la carrera reciente de Galliani. “La suite” lo colocó en una doble exigencia poco habitual: actuar y, al mismo tiempo, sostener la mirada global del montaje.
El camino hacia ese desafío no fue improvisado. Sergio venía de un trabajo previo con la productora Makhy Arana, con quien ya había explorado la dirección en “Los monólogos de la vagina”. Para sostener esa doble función, armó un equipo de absoluta confianza, con su hija en la asistencia de dirección como mirada externa constante y un elenco unido que terminó siendo el sostén emocional y creativo del proyecto.
“Pensar como director mientras actúas es complicado. Tienes que confiar en lo que se ve desde afuera, aunque tú estés adentro”, explica. Para lograrlo, se permitió soltar cuando el montaje empezó a respirar por sí solo. Su obsesión ha sido una sola: el ritmo. “Una comedia sin ritmo no funciona. El texto tiene música, silencios exactos, tiempos que no se pueden romper”.
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Esa exigencia también atraviesa el vínculo más cercano del elenco, el que comparte fuera del escenario. Dirigir a Connie no ha sido una mezcla incómoda entre lo personal y lo profesional. Al contrario. “En escena no es mi esposo, es mi director”, dice ella. “Y me gusta que sea intenso, porque una actriz necesita ser bien dirigida”.
Galliani confirma que a Connie le exige más. Porque la conoce. Porque sabe hasta dónde puede empujarla.
“En casa tenemos una muy buena relación como esposos y en el escenario una muy buena relación como compañeros de trabajo. Ya hemos trabajado juntos y sabemos separar las cosas. Cuando dirijo, siempre me ocupo de que mis actores estén lo mejor posible y trato de sacarles el máximo a sus cualidades. Ajusto la tuerca hasta donde tiene que ir y, unos días antes del estreno, suelto y digo ‘vamos a jugar’. Con Connie es especial porque la conozco demasiado. Sé por dónde trabajar, qué le falta, qué ya tiene, cómo empujarla para que se luzca y explote todas sus posibilidades. Por eso también le exijo más”, aclara.
La historia entre ellos también nació en un escenario. La primera vez que trabajaron juntos fue en “El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde, en el 2008. Ahí, sin proponérselo, se enamoraron. Dos años después se casaron.
“Ahí nos enamoramos, en esa primera obra, ahí nació todo”, recuerda Galliani. “Yo hacía de su mamá, era un tema medio edípico”, dice entre risas. Compartían camerinos, escenas, maquillaje, largas conversaciones sobre los personajes y la relación que estaban construyendo en escena. “Yo tenía un poco más de experiencia, conversábamos mucho y, en medio de todo eso, se comenzó a dar. Fue algo que nació dentro de la magia de lo que sucede en un montaje”.
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Y hoy, con 16 años de matrimonio, vuelven a encontrarse en un montaje que apuesta por el caos controlado, la comedia absurda y un despliegue visual poco común en el teatro local. “La suite”, bajo la producción general de Makhy Arana, y un elenco que completa Miguel Iza y Lilian Schiapppa, no solo busca hacer reír: busca sorprender, incomodar y jugar al límite.
“La suite», protagonizada por Sergio Galliani, Connie Chaparro, Miguel Iza y Lilian Schiappa. (Foto: Fernando Sangama / @photo.gec)
/ Fernando Sangama













