Han pasado seis años desde que empezábamos a escuchar con preocupación las noticias internacionales de una nueva enfermedad infecciosa originada en China. Luego de una rápida propagación interna en otros países del Asia, en Europa y en Estados Unidos, hacia finales de enero del 2020 la Organización Mundial de la Salud declaró estado de emergencia sanitaria internacional. No sabíamos aún la que se nos venía.
En el Perú, el impacto del COVID-19 fue tan terrible –y pasó tanto durante los años siguientes– que para muchos es más fácil olvidar. Olvidar el primer anuncio de mediados de marzo del “aislamiento social obligatorio” (cuarentena) decretado por el gobierno del presidente Martín Vizcarra “por dos semanas”. Bloquear de la memoria la siguiente extensión “solo hasta el 12 de abril” y las ocho posteriores. Las decisiones de “cuarentena focalizada” por provincia y por región a las que estábamos atentos cada mañana. La maniática desinfección de todo lo que entrase a la casa desde la calle. Los problemas de salud mental y las tensiones familiares por el encierro. La angustia sobre cuándo llegarían las vacunas. La desesperación por conseguir espacio en un hospital o por apenas un tanque de oxígeno. Los entierros masivos y sin asistentes. Las quiebras y el desempleo. Nos olvidamos fácil de algunas de estas situaciones o quizá preferimos olvidar.
Algunos se consuelan arguyendo que esto sucedió en todo el mundo. Eso tiene una parte cierta y otra falsa. Es verdad que el COVID-19 causó una crisis global sin precedentes, y que todos los países la sufrieron y enfrentaron de un modo u otro. Pero lo del Perú no fue normal de modo alguno. Por el lado de salud, fuera de Puerto Rico y de algunos países de Europa central y los Balcanes, el Perú tuvo la mayor mortalidad en exceso por cada 100.000 personas durante el COVID-19 del mundo, según “The Economist”. Por el lado económico, el PBI del Perú tuvo una contracción de 30,2% en el segundo trimestre del 2020. No he podido encontrar a la fecha ningún otro país del mundo –de más de medio millón de personas– con una caída económica comparable. En aquellos tiempos, como se recuerda, la supuesta disyuntiva global era o bien priorizar la economía y permitir más contagios (apostando también por la inmunidad colectiva), o bien priorizar la salud y cerrar más actividades económicas. El Perú, de algún modo, logró ser de los peores del mundo en ambos frentes, salud y economía. Algo difícil de lograr aún si se hubiera hecho a propósito.
El daño económico fue tan pronunciado que el Perú es uno de los pocos países comparables en la región en los que, para la familia promedio, los salarios reales (tomando en cuenta los efectos de la inflación) recién han recuperado hace poco el poder adquisitivo que tenían en el 2019. Es decir, seis años luego, apenas se vuelve –para la mayoría– a algo similar a lo que se podía comprar antes, y la pobreza todavía sigue más alta que en la prepandemia.
La destrucción económica fue realmente grave en parte porque aquí, por mucho tiempo, se hizo la apertura de actividades al revés: es decir, en vez de permitir que todo funcionase y prohibir ciertos sectores con alto potencial de contagio, como era en otros países, en el Perú el default fue cerrar todo y solo permitir que operen los negocios que estaban explícitamente autorizados. La diferencia es el día y la noche. En una economía moderna, es imposible prever todo el tipo de actividades económicas que existen. La consecuencia es que millones se quedan en un limbo laboral.
Y eso no contabiliza, ni de cerca, todo el daño que se hizo. Uno de los más graves fue la infame decisión de mantener los colegios cerrados por dos años. Mientras que la mayoría de los países del mundo abrieron sus escuelas a los pocos meses, el Perú las mantuvo cerradas aún después de haber autorizado la operación de cines, restaurantes, teatros y estadios. Toda una generación de niños perdió años de aprendizaje y socialización que jamás recuperarán. Converse usted con cualquier docente y le contará de primera mano las brechas educativas y emocionales de largo plazo que dejó esa tremenda negligencia sobre niños y jóvenes. El programa “Aprendo en Casa”, del Ministerio de Educación, no pudo haber tenido un título menos exacto.
Hubo, sí, algunas políticas que ayudaron. Una de las principales fue el programa Reactiva Perú dirigido a movilizar liquidez y recursos lo más rápido posible para mitigar el rompimiento de las cadenas de pagos y una recesión prolongada. Una reciente publicación del Banco Central de Reserva del Perú destaca por ejemplo que “aquellas [empresas] con menos de 10 trabajadores que participaron en Reactiva registraron un incremento del empleo en el 2020, mientras que las empresas del mismo tamaño que no accedieron al programa experimentaron una caída de 3,3%”. En contraste con lo que mencionan algunos, los efectos positivos más notorios del programa se sintieron en las micro y pequeñas empresas que recibieron los créditos, y el repago de estos ha sido bueno, con alto cumplimiento relativo a cada tamaño de empresa.
Viene a cuento todo esto porque, en medio de una nueva coyuntura electoral, parece inaceptable que el país haya decidido voltear la página y olvidar lo que fueron esos años de muerte y caos. ¿Qué lecciones sacamos de entonces? ¿Cómo las estamos usando para informar el voto? Por ejemplo, tanto se habló de que ese había sido, ahora sí, el punto de quiebre de la salud pública; debíamos tener una reforma integral para hacerla mejor y más justa. ¿Qué cambió desde entonces? Dijimos también que el Estado no llegó con suficiente ayuda porque no sabía dónde estaban sus ciudadanos y que eso se iba a mejorar. ¿Ya sabe el Estado dónde estamos? Los fondos fiscales para enfrentar urgencias de este tipo los agotamos en la pandemia. Nunca realmente los repusimos, ¿estamos pensando con qué plata vamos a enfrentar la siguiente emergencia? Podemos seguir la misma narrativa con el ejemplo de otros sectores como educación, laboral, transportes, etc. Esta ha sido una de las crisis más profundas de la historia republicana, con muchísimo daño autoinfligido, y con la llegada de la elección inmediatamente posterior (en las del 2021 seguíamos con el problema encima) pareciera que no pasó nada. El Perú y las innumerables víctimas merecen más que eso.
Uno de los síntomas más notorios del temido COVID prolongado es la confusión y el daño a la memoria. Uno no puede dejar de preguntarse si, como país, no habremos caído víctimas de esta aflicción.













