Por eso, cuando hoy se le ve en “Yo soy”, coconduciendo junto a Diana Sánchez no se siente como un salto improvisado sino como una vuelta a casa. Su llegada al programa se gestó tras la exposición que tuvo en “El gran chef: famosos”, donde no solo cocinó —hasta el recordado lomo Wellington—, sino que se mostró completo. Frente a las cámaras dejó ver sus virtudes y defectos, sus miedos y, sobre todo, esa vulnerabilidad que lo volvió cercano.
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“Fue una temporada muy divertida y creo que ese fue el disparador para que las personas que se sentaron a definir quiénes podían ser las piezas de ‘Yo soy’ pusieran mi nombre sobre la mesa y, al final, yo terminara siendo elegido. Ese programa me llevó a mostrar quién soy realmente, cómo me comporto ante la adversidad. Yo abrí mi corazón, mi alma, en ese espacio, porque un formato como ese te lleva al límite de tus emociones”, reconoce.
Para asumir el reto de “Yo soy”, Franco no partió de cero. Se preparó desde la experiencia y la memoria. Desde muy chico —recuerda— sintió una atracción natural por ese lugar frente a la cámara. En Latina incluso se intentó desarrollar un programa con él: no se alcanzaron los objetivos, pero ese primer asomo fue decisivo. Ahí entendió que la conducción era el eje alrededor del cual quería construir su carrera televisiva.
Ese aprendizaje se fue puliendo con los años. En “Al ángulo”, un programa deportivo de debate, asumió el rol de moderador y conductor. “Yo soy”, sin embargo, le exigía un ajuste fino. El código era otro, más emocional, más cercano al espectáculo. Y para encontrar ese tono, Franco miró a quienes lo inspiraron desde siempre. En el Perú, Raúl Romero, por su sentido del humor y su dominio de la cámara en vivo. Fuera del país, Don Francisco, el histórico conductor de “Sábado Gigante”. De ambos toma lo que más lo conmueve: el humor como lenguaje y el juego con el público como motor.
En su preparación para “Yo soy”, Cabrera también afinó la manera de hablarle a quien está en casa. No se trata solo de conducir un programa; se trata de acompañar. Y para eso, dice, aprendió a imaginar un rostro específico al otro lado de la pantalla.
“Alguna vez escuché —creo que me lo dijo mi maestra July Naters, directora de Pataclaun—: cuando haces televisión, por supuesto que alguien te está viendo, pero tienes que ser específico. Imagínate a esa persona sentada del otro lado y todo lo que tú estás diciendo, esa persona lo va a interiorizar, lo va a recibir”, detalla.
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A partir de ahí, su conducción se volvió más consciente, cuidadosa y pensada para incluir.
“A mí… en cuanto a salir en tele, me pone muy nervioso las lisuras, las malas palabras”, admite. No asegura que jamás se le haya escapado alguna, pero sí reconoce que intenta sostener un límite: “Me gusta hablar con palabras apropiadas… por respeto a quien nos ve”.
Franco Cabrera dice que canta, pero lo dice con pudor. “Cantar, así como que canto… podría decirse que sí”, aclara, rápido. No se anima a asumirse cantante porque —dice— respeta demasiado a quienes lo son de verdad. “Siempre he querido llevar clases. Creo que si las llevara podría aprovechar mucho mejor mi sentido de las notas, de las melodías”. Donde sí se siente en casa es en la percusión: el cajón, la cajita, el bongó. Instrumentos que no aprendió en una escuela, sino en la sala de su casa, desde niño, cuando las reuniones familiares terminaban en baile y alguien tenía que marcar el ritmo.
Y en ese mismo camino apareció otra pasión: la décima. Primero como juego escolar, luego como recurso creativo, y después como una forma de decir. Las escribió y las recitó —incluso en televisión. En redes creó La décima de los lunes; más tarde, la paternidad le cambió el ritmo, pero no la costumbre.
“Cada vez que puedo, escribo. Me gustaría escribir un libro de décimas. Algún día lo voy a hacer. Lo voy a poner sobre el papel”, refiere.
La paternidad llegó cuando todo parecía, por fin, en su sitio. Hace siete meses, Franco Cabrera se convirtió en padre y su hija Amaia lo encontró en una etapa que él mismo define como madura.
“Profesionalmente hablando, estaba muy centrado en lo que quería ser, muy enfocado en mis objetivos y en mis sueños”, asegura. Ya había reconocido con claridad qué lo movía —la televisión, el cine, el teatro, el humor— y, sobre todo, qué no estaba dispuesto a seguir cargando.
“Me tomó muy bien parado. En lo profesional estaba en un momento de privilegio. Es un lujo poder hacer lo que te gusta y tener clarísimo qué es lo que quieres y qué no. Aprendí a decir no, a depurar lo que desgasta, a soltar aquello que quita energía o instala una vibración negativa”, refiere.
Esa paternidad también reescribió su manera de salir en televisión. “Muchas veces pongo en mi mente a mi hija como espectadora… y digo: esto hace que yo sea un mejor presentador”.
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Esa misma lógica de oficio la sostiene desde hace casi una década en “Al ángulo”, el programa deportivo al que llegó “a través de un casting” y con una ventaja de origen: era —y sigue siendo— hincha. “Me encantaba el fútbol… y eso se lo tengo que agradecer a mi padre, que me llevó de muy chico a ver los partidos de la selección”.
Sabe que el público de los programas deportivos es exigente, a veces ácido. Y no idealiza la crítica: la entiende. “Nunca en el sentido del insulto… pero sí el futbolero reniega porque quiere ver a su equipo ganar”.
De ese recorrido, rescata algo que aún lo sorprende: el cariño medible. “Al ángulo” —un programa de cable— ganó varios Premios Luces que se deciden con voto del público. “Nos sentíamos agradecidos… era purito amor”.
Y cuando habla del presente, la palabra que elige es simple y luminosa: “Mágica. Amorosa. Centrada. Estoy siendo muy feliz”. Y quiere devolverlo. “Quiero retribuirlo… principalmente al público”. También a quienes lo eligieron para el programa: “Convencerlos de que tomaron la decisión correcta”. Y, por supuesto, a los suyos: a su familia.













