Ahí tienen, en sus narices, en Venezuela, un abrumador precedente de la injerencia que Washington podría tener en nuestro destino. Dirán que Maduro es un caso extremo, que es otra cosa. Entonces veamos la elección presidencial de Honduras en única vuelta (no hay segunda vuelta allí), el 30 de noviembre pasado. Las semanas previas, las encuestas marcaban una cerrada disputa entre el conservador Nasry ‘Tito’ Asfura y el liberal Salvador Nasralla. Nasralla no es comunista ni de lejos, pero Washington lo rechazaba porque lo veía instrumentalizable por la pareja ‘anti yanki’ del ex presidente Manuel Zelaya y de su esposa y actual presidenta, Xiomara Castro. Trump indultó al ex presidente derechista Juan Orlando Hernández, preso en EE.UU. condenado por narcotráfico. La idea fue lavar el estigma corrupto que entrañaba Hernández para la derecha hondureña y así favorecerla. Triunfó Asfura y no podemos decir si fue por influjo de la maniobra injerencista; pero valga como antecedente del papel que puede jugar Trump en el destino de una pequeña república.
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¿Cómo no se podría alarmar Donald con una segunda vuelta peruana entre derecha e izquierda? Si proyectamos las actuales encuestas de intención de voto, vemos que la izquierda es muy débil respecto de la derecha, pero está menos dispersa y tiene un claro favorito en Alfonso López Chau de Ahora Nación (3% en los dos últimas sondeos de Ipsos Perú, frente al resto de izquierdistas difuminados en ‘otros’). De ahí que algunos analistas vean como un escenario posible de segunda vuelta a López Chau versus un derechista que tendría en ese caso -como en Chile- la ventaja de una gran coalición a su favor. Sería algo parecido a lo que sucedió en Chile, con la militante del Partido Comunista y ministra de Gabriel Boric, Jeannette Jara, versus José Antonio Kast. Boric, por otro lado, no es un izquierdista que haga sonar alarmas en Washington, pues rechazó siempre a Maduro y evitó alinearse incondicionalmente con el Brasil de Lula y el México de Claudia Scheinbaum. Washington vio esa elección sin sobresaltos, al igual que la boliviana.
Es cierto que un candidato de izquierda astuto podría dar señales creíbles de conciliación con Washington y evitar un probable veto; pero imaginen cómo lo pintaría de rojo carmesí el adversario de derecha. López Chau sería, en ese supuesto escenario bipolar, el comunista que quiere implantar el socialismo del sXXI en el Perú y el filoterrorista que alabó al emerretista Víctor Polay. El candidato de Ahora Nación tomó una precaución en su post en X de reacción a la captura de Maduro. Luego de condenar “toda intervención militar de un Estado en el territorio de otro” dijo que “lo hacemos con la autoridad de haber condenado siempre el régimen dictatorial de Nicolás Maduro”.

A pesar de lo anterior, la distancia de López Chau con el polo de derecha es ostensible: los candidatos derechistas celebraron la caída de Maduro desde sus primeras frases; para él fue un mero agregado. Hablé con Carlo Magno Salcedo, vocero de Ahora Nación, y le pregunté cuál debiera ser la relación con EE.UU.: “El Perú debe relacionarse con el gobierno de Donald Trump desde el respeto mutuo y la defensa clara de su soberanía. Cooperación sí, subordinación no”. Le repregunté, sobre el equilibrio entre EE.UU. y China. “Con EE.UU. cooperación en seguridad, inversión y lucha contra las economías ilegales; con China, nuestro principal socio comercial, una relación económica firme, transparente y estratégica, cuidando estándares laborales, medioambientales y el interés nacional”. Entrelíneas, se lee una cuasi certeza, sino miedo, de que Trump será un actor electoral. Si no se impone por sí mismo, igual será invocado. Si no hace ni declara nada, igual lo hará su fantasma.
Lo quiero más que tú
Olviden el escenario con López Chau. El factor Trump va a introducir un aliciente de polarización dentro de la propia derecha si dos candidatos de aquella -escenario muy probable si vemos la poco movible tabla de intención de votos del último medio año- pasan a segunda vuelta. El menos derechista, el menos conservador, el que lleve candidatos caviares o ‘WOKE’ en sus listas; será el comunista en la ecuación. El más derechista y/o trumpista mandará señales a Washington contra el rival, o ambos se acusarán mutuamente; pero la eficacia de aquellas señales será impredecible. Miren cuánto hace María Corina Machado por asegurar preeminencia en la transición venezolana según Trump -¡hasta ha ofrecido entregarle su Nobel de la Paz!- y recibe tamaños desplantes.
Una anécdota e ironía local. El 3 de septiembre pasado se aprobó por 73 votos a favor, 27 en contra y 5 abstenciones; una moción que declaraba como organización terrorista al Cartel de los Soles, una supuesta fusión de poder político y militar entre el chavismo y la criminalidad venezolana. En el juicio que se lleva a cabo contra Maduro en Nueva York ha quedado claro que para el DOJ (Department of Justice), no existe ese cartel como tal, ni tampoco está en su lista de FTO (Foreign Terrorist Organization). Eso no quiere decir que el congresista Jorge Montoya, quien sustentó la moción, ni Norma Yarrow de Renovación Popular o Alejandro Cavero de Avanza País que fueron coautores; hayan satanizado al régimen de Maduro sin razón. El mismo DOJ ha presentado varias pruebas contra Maduro y su gente; pero el Cartel de los Soles resultó ser mera narrativa convertida en moción por tres bancadas de derecha y aprobada por derecha y centro.
Quisiera apostar a que con Perú pase lo mismo que en las recientes elecciones de Chile o de Bolivia, sin relevancia de EE.UU.; pero luego de la incursión en Venezuela y de la tensión que ya se está generando con Cuba y las pequeñas repúblicas caribeñas dependientes del petróleo venezolano; habrá un mayor foco en nuestras elecciones y, con mayor razón, en las colombianas, que se definen unas semanas después. El 31 de mayo es la primera vuelta colombiana; pero allá los candidatos se inscriben relativamente tarde. Quien represente, como Iván Cepeda, un grado de continuismo respecto de Gustavo Petro, será el malo. Sin embargo, miren como, en giro de dos presidentes narcisistas, Gustavo lo llamó el jueves y Donald escribió que ‘fue un honor’ conversar con él.

Si tuviéramos un ‘trumpómetro’ nacional, validado por un jurado de casa, probablemente lo encabezarían dos candidatos. Uno es Rafael López Aliaga (RLA) que ha alabado públicamente a Trump, admira y profesa su nacionalismo cristiano y ha viajado a tratar de acercársele en un evento derechista. Aunque no logró la foto ansiada, sí posó con Javier Milei y otros aliados comunes. El otro candidato que se ha mostrado firmemente alineado con Washington es Carlos Espá, quien además de haber trabajado en la embajada estadounidense en Lima, ha cuestionado que China sea nuestro primer socio comercial. Este dato debería conmover a Trump más que la moción del Cartel de los Soles; pero el ‘trumpómetro’ de Washington no mide lo mismo que el local. Con sus pocas listas presentadas, Espá tiene chance limitado.
A la CIA y a la Casa Blanca les preocupará más que en Perú y en la región haya gobiernos que mantengan los intereses comunes de lo que ahora llaman Western Hemisphere (Hemisferio Occidental), y que en términos trumpistas se reduce a ‘America’. No será el favorito quien brinque o aplauda más a Washington; sino el más capaz de mantener alineamiento y orden en las relaciones bilaterales. Tomemos a los dos candidatos que encabezan la gran mayoría de encuestas de los últimos meses: López Aliaga y Keiko Fujimori. De RLA ya hablamos. De Keiko podemos decir que su padre mantuvo una década de buenas relaciones con EE.UU. acatando lo que entonces se llamó ‘el consenso de Washington’; que ella se ha educado en EE.UU. y que no ha variado mayormente de línea desde que fundó su partido para la campaña del 2011. Sus coqueteos con Harvard -bastión del pensamiento anti trumpista- en la campaña del 2016, quedaron en una página extirpada de la historia oficial naranja.
¿A quién puede querer más Trump? ¿A la más estable Keiko o al más apasionado e impredecible ‘Porky’ que guerrea con el fondo de inversiones Brookfield? ¿O a un tercero que la caiga simpático y confiable porque así es Donald pues? Volviendo a ‘Porky’. Ciertamente, Brookfield es canadiense y la batalla legal ha llevado a RLA a tribunales de EE.UU. en los que confía porque América es grande; pero su mano tendida convive con una destemplanza que puede asustar a sus interlocutores. Como asusta el saludo de Milei con una mano extendida y la motosierra en la otra. ¿Pesaran esos ásperos detalles u otros más tiernos como dejar de hablar de Chancay para no despertar la sinofobia comercial gringa? Respecto a lo último, tomen nota de estas líneas en el post en X, con una cita de Rubio, hecho el miércoles por la Embajada de EE.UU. en Lima cual advertencia regional: “No vamos a permitir que el hemisferio occidental sea una base de operación para los adversarios, competidores y los rivales de Estados Unidos”. Por lo pronto, Venezuela es el forzado plan piloto de lo que Trump quisiera para la región: Delcy Rodríguez ya se comprometió a usar el pago por el petróleo vendido a EE.UU. solo para comprar productos de EE.UU. y el jueves empezó a soltar prisioneros. Sigan tomando nota.
Consideremos que la injerencia de Trump en el proceso venezolano y sus excesos globales pueden relativizar su influjo cuando lleguemos a la segunda vuelta. Tras el aplauso unánime de los candidatos de derecha ante la captura de Maduro, sus posiciones se han ido matizando. El desdén por María Corina Machado arqueó las cejas de quienes la tienen por insustituible en la transición venezolana. La prioridad absoluta del petróleo, repetida por Trump hasta el hartazgo, ha enfriado el entusiasmo, naif, de quienes apostaban por el pronto cambio de mando hacia Edmundo González, a quien Washington consideró presidente electo en el 2024, y el retorno de migrantes. Ahora la posición de la derecha es similar a la del bloque mayoritario en la OEA al que se ha plegado Perú: dar por sentada la intervención de EE.UU. pero exigir una transición rápida, democrática y soberana. Si no hay señales en ese sentido, el nombre de Trump se invocará con pinzas en las próximas semanas. Porky’ no lo podría aplaudir, Keiko no lo podría alabar, Carlos Álvarez se perdería una gran imitación, López Chau no se reprimiría. Donald será otro actor impredecible en nuestra imprevisibilidad electoral.













