Magaly Solier (Ayacucho, 1986) vuelve como vuelve la “Flor de retama”: como símbolo de resistencia después del golpe, después del silencio, cuando parecía que ya no quedaba tallo ni canto. Hubo un tiempo en que su voz se apagó y la actriz más poderosa del cine peruano atravesó su propio ocaso, lejos de las cámaras y de los aplausos. Hoy reaparece con la serenidad de quien ha resistido, para presentar “Killapa Wawan” (La hija de luna), una película filmada hace tres años y que llegará a los cines en enero del 2026. No vuelve a dar explicaciones ni a pedir permiso: vuelve a interpretar —otra vez— desde el arte y la tierra que nunca la soltó.
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Pero el verdadero desgaste, dice, no vino del esfuerzo físico, sino de lo psicológico. Agucha es un personaje sin escapatoria. Avanza en línea recta hacia sus heridas, sosteniendo una emoción constante.
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“El mayor reto fue la cuestión psicológica. Es un personaje lineal, no tiene tantas escalas, y emocionalmente es durísimo, desgastante, agotador. Es fuerte, es un drama… es como ver a Rambo llorar, y él que nunca llora. No te disparan, no usan armas, pero la historia misma es tan fuerte que es como si te disparara”, señala.

Escena de «Killapa wawan», grabada íntegramente en Ayacucho.
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Magaly asegura que en “Killapa Wawan” casi todo toca una fibra sensible. Pero hay un punto especialmente íntimo, su madre dentro de la historia. Verla en el set, convertida en chamana, le devolvió una fuerza ancestral y, al mismo tiempo, la llevó a un territorio vulnerable para ella, la maternidad.
En los últimos años, la palabra —madre— no ha sido solo refugio, también ha sido campo de disputa pública. En medio del conflicto legal con su expareja, llegó a perder la custodia de sus hijos tras acusaciones de maltrato físico y psicológico, y presuntos problemas con el alcohol.
“Casi todas las escenas me han remecido, pero agradezco a esa energía, esa aura que aún me persigue”, dice. “Ahí actúa mi madre. Al verla actuando me daba mucha fuerza y a la vez me hacía recordar cómo me educó de niña: con principios, honor, fuerza y valentía…., como mi personaje educa a Killary, buscando la verdad. Y me hizo recordar cuánto amo mis hijos, y cuánto he peleado por ellos, sin dormir. Y ahora digo: ¿aún seré madre?. Por supuesto que sí, ningún ser que dice que eres mala madre lo puede derrumbar. Solo una mujer huantina de corazón—como yo, como miles de mujeres en el mundo— sabe lo que es ser madre”, remata, levantando la voz.
Cuando baja la voz, la conversación gira hacia otro punto, quizá igual de íntimo. Le pregunto si la actuación le ha servido para sanar y ella duda, como si esa palabra no encajara del todo con lo que vive. Hay algo en el oficio que la sostiene, sí, pero también la desestabiliza.
“Más bien me tiene tambaleando. No sé si dejarla o continuar, porque yo no quiero ver a Magaly. Prefiero la chacra, escarbar la tierra. Es una tremenda responsabilidad ponerte frente a la cámara. No hay ninguna película en las que he trabajado, yo no digo actuado, son películas que tienen que defenderse por sí solas. No necesitan suplicar al mundo que vayan a verla. Quien quiera, que la vea. Y quien no, no. Soy directa”.
Nacida en Huanta— la región que concentró más del 40% de los muertos y desaparecidos del conflicto armado interno (1980-2000)—, Magaly también canta desde esa memoria que duele y no se rinde. Sus canciones conviven con el duelo y el orgullo, como si cantar fuera una manera de seguir nombrando a los suyos cuando el país quiso imponer silencio.
En marzo del 2009 lanzó “Warmi”, su primer disco, con canciones en quechua compuestas por ella misma, y ese debut la colocó en el centro no solo como actriz, sino como voz musical con identidad propia. En el 2015 publicó “Coca Quintucha”, un álbum más maduro.
“Voy a sacar mi tercer disco después de más de varios años, pero no quiero contar la misma historia. Se llamará ‘Lo sigo pensando’. Son canciones que reflejan mi vida, lo que veo, mis sueños, lo que quiero… y también lo que voy cambiando, porque la vida no es lineal. La vida es complicada. A veces nos preguntamos qué es el futuro… y yo no sé qué es”, asegura.
Magaly no hace planes a largo plazo. No es que no los desee, pero desde que nació convive con una enfermedad que le recuerda que el futuro no siempre se deja programar.
“Sufro de bradicardia. Mi corazón no late igual que el de todos. Me hubiera encantado que lo hiciera para irme como correcaminos contra todo, pero me defiendo con la respiración que tengo y con las emociones que recibo o siento”, dice.
Hoy, Magaly está lejos de los escenarios y de la actuación. Vive en Huanta y atraviesa un proceso de recuperación después de caídas que la empujaron al límite.
“Ahorita estoy en un momento un poco… complicado”, admite. “Todavía tengo que seguir unos tratamientos, que no son psiquiátricos”, aclara. “He tenido caídas, como ya salió en los medios. Yo no leo periódicos, pero las noticias corren de boca en boca. Estoy en eso”, comenta, escuetamente y sin entrar en detalles.
En medio de ese tiempo frágil, Magaly sostiene una cuerda que la mantiene de pie: escribir. “De paso voy a terminar mi guion… voy a hacer un cortometraje”, cuenta. Todavía no decide si será una historia biográfica. “Quizás, lo voy a pensar”, dice, dejando la puerta abierta.
Y esa puerta —entre el silencio y el regreso— es donde está hoy. Sin fechas ni planes amarrados. Solo con una convicción concreta: primero sanar.
“Se acabó, ahora voy a cantar”, dice, y da por terminada la entrevista sin dejar espacio para una pregunta más. Lo siguiente es “Flor de retama”, en la voz de Magaly Solier, cantada como si el cierre no fuera una despedida, sino una manera de volver a casa.
PRESENCIA ACTORAL
Magaly Solier irrumpió en el cine con una fuerza silenciosa a los 19 años. Debutó en “Madeinusa” (2005) y casi de inmediato llegaron los primeros reconocimientos, en el 2006 fue premiada como Mejor Actriz en Cartagena de Indias y en Montreal. Un año después, “Dioses” (2007) confirmó que no era un destello pasajero, sino una presencia capaz de sostener la pantalla con una mezcla poco común de fragilidad y firmeza.
El papel que la volvió emblema llegó con “La teta asustada” (2008). Su nombre empezó a sonar con fuerza en festivales de Lima, Gramado, Guadalajara y Montreal. La película ganó el Oso de Oro en Berlín (2009) y abrió una puerta inédita para el cine peruano con las nominaciones al Óscar (2010) y al Goya. Desde entonces, Magaly dejó de ser solo una intérprete y se volvió también una voz asociada a una memoria colectiva.
Su trayectoria siguió cruzando fronteras sin perder raíz. Protagonizó “Altiplano” y compartió escena con Olivier Gourmet. En España trabajó con Fernando León de Aranoa en “Amador” (2009), que la llevó a Berlín en el 2011 y le sumó otro premio como Mejor Actriz en Guadalajara. Vinieron proyectos en Bolivia con “Blackthorn”, en Chile con “Ñusta Huillac, La Tirana”, y en Italia con “Alfonsina y el mar”. También regresó al Perú con “Magallanes” y “Retablo”, en quechua, y asumió un personaje histórico en televisión con María Parado de Bellido en “Los otros libertadores”, premiada en los Premios Luces. En títulos recientes como “Lina de Lima” y “Killapa Wawan”, su trabajo confirma que su recorrido no se mide solo en premios o estrenos, sino en esa huella que deja incluso cuando la película termina.
Además…
“Killapa Wawan” se estrena en los cines del país el 29 de enero.













