Aunque sabemos que nada funciona como contar nuestras bendiciones para sentirnos mejor, cambiar de actitud y elevar nuestra energía, hacerlo no siempre es fácil ni oportuno. A veces nos toca sentir de lleno esas emociones duras que traen los fracasos – sin huirles – para pasar el duelo más rápido y curarnos bien de la experiencia.
Mi trabajo diario me vincula mucho a personas que a veces llegan desanimadas por cambios o situaciones profesionales que no habían previsto, por planes o sueños que deben ser reescritos o redefinidos. Y caso tras caso, año tras año, vemos que a quienes mejor les va, es a las personas que resuelven aceptar las cosas como son y se comprometen activamente a reescribir sus objetivos con su propia mano y a pulso.
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Es inspirador ver cómo esas personas se ponen de pie, adoptan una nueva mirada sobre su futuro y se ponen a trabajar duro para conseguirlo. Crecen ante las situaciones, evolucionan y usan el “fracaso” como trampolín para llegar más alto aún. Y las cifras confirman que sus siguientes pasos son, en efecto, mucho mejores que los anteriores en términos del tamaño de sus nuevas responsabilidades profesionales hasta en un 91% de los casos, según el estudio de LHH DBM Perú 2025.
Sé que el término fracaso es duro de aceptar, es una etiqueta que a nadie le gusta usar para calificar una experiencia que no fue ideal. Soy la primera en tratar de nunca usarlo, es más, como ven, lo puse entre comillas en el título de este artículo. Pero pensándolo mejor, a los “fracasos”, con o sin comillas, nos toca mirarlos de una manera distinta, cambiar la perspectiva desde donde los juzgamos y tomarlos como condecoraciones. Sí, condecoraciones que la vida nos da cuando decide que estamos listos para pasar a una experiencia o etapa mejor.
En otras culturas, por ejemplo, los emprendedores hablan con orgullo de sus empresas fallidas, porque saben que los dejan más sabios y mejor preparados para lanzarse a su siguiente aventura empresarial. Y es que si uno no se equivoca no aprende, si no se pierde no encuentra el camino correcto, si no le duele no tiene la oportunidad de reflexionar.
Este año que empieza lo recibiré mirando con orgullo mis condecoraciones y haciendo la lista completa de los aprendizajes que trajeron mis fracasos –ya sin comillas–. La lista es larga porque cuando uno se pone a hacer listas como estas, con franqueza y humildad, van saliendo muchas cosas. Habrá perdones que pedir, errores que enmendar, pero fundamentalmente, lecciones que aprender, ojalá de una vez por todas.
Y ya con esa lista hecha y los aprendizajes incorporados, lo que sigue es visualizar con entusiasmo y alegría todo lo bueno que viene para el 2026. Y lo voy a escribir en detalle para tener muy presente en todo momento qué es lo que debo evitar y dejar de hacer, lo que debo empezar a hacer, lo que quiero alcanzar y lograr, y sobre todo, ¡quién quiero ser y hasta dónde quiero llegar! ¡Y lo haré con fe y mucha ilusión!













