Y ya todos sabemos: a pesar de la desventaja, Miguel Grau no huyó sino que comandó cada maniobra con temple, sosteniendo la lucha mientras el Huáscar era hostigado sin cesar. El impacto fatal alcanzó la torre de mando y segó la vida del ilustre almirante, pero sus órdenes siguieron presentes en la resistencia final del monitor.
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HORAS DECISIVAS Y LOS CABLES DEL SUR EN 1879
Aquella mañana del 8 de octubre de hace 146 años, el Huáscar y la escuadra chilena se toparon frente a Angamos. Grau sabía que la batalla era desigual: enfrentaba acorazados modernos como el Cochrane y el Blanco Encalada. Pese ante el duelo desigual, el Caballero de los Mares desplegó una resistencia audaz.

Su estrategia fue esquivar impactos, disparar, maniobrar con precisión, intentando tanto disuadir como desgastar al enemigo. En los momentos críticos del combate, los proyectiles chilenos comenzaron a impactar cada vez más cerca del centro de mando. La estructura del Huáscar cedió ante la artillería inacabable que lo hostigaba.
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Un estruendo brutal sacudió la torre de control: un proyectil entró allí, y fue el golpe mortal que acabó con la vida de Miguel Grau, dejando un vacío abrupto. Sin embargo, la muerte gran marino peruano no detuvo la lucha a bordo: oficiales secundarios continuaron el mando improvisado, prolongando la defensa mientras las aguas parecían querer devorar al indomable monitor.
El Huáscar, severamente dañado y con su tripulación diezmada, sucumbió poco a poco. Algunos marinos intentaron hundirlo para que no cayera en manos enemigas, pero fue abordado por la escuadra chilena. Al día siguiente, los cables del sur trajeron la noticia al Perú: el valiente monitor había sido derrotado, y el héroe de la Armada, Miguel Grau, había perdido la vida en combate.

En Lima y en todo el país, los periódicos recogieron telegramas cargados de laconismo y pesar. El Comercio, a través de sus corresponsales y cables, dio cuenta del drama con retazos de valor, derrota y resignación patriótica.
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DOLOR NACIONAL Y FORJA DEL MITO
La noticia corrió por telegráficamente: el cable oficial dio aviso de una “derrota probable” del Huáscar y lamentables pérdidas. En su edición del 9 de octubre, El Comercio publicó despachos de Arica que hablaban de las fuerzas enemigas desplegadas —el Lord Cochrane, el Blanco Encalada— y de la emergencia de órdenes desesperadas en la zona de combate.
En los días siguientes, columnas de dolor y exaltación se multiplicaron: el contralmirante fue elevado como paradigma del héroe desprendido, que prefirió la muerte justa al deshonor. La noticia fatal cruzó cables, quebró los ánimos, pero también engrandeció la figura de Miguel Grau como héroe nacional.

Décadas después, la imagen de Grau se consolidó como el héroe más notable del Perú. No era solo un marino: se volvió un ideal ciudadano, una referencia moral y una figura emblemática en la narrativa nacional.
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En 1890 ya se había gestionado la repatriación parcial de sus restos: partes de su pierna derecha y de su mandíbula regresaron al Perú a bordo de la cañonera Lima y el transporte Santa Rosa. Ese acto consolidó una construcción simbólica: Grau ya no solo había muerto en Angamos, sino que regresaba al país como “vencedor en espíritu”. Su leyenda creció en escuelas, ceremonias y discursos patrióticos.
Para 1958, el entorno político y militar consideró pertinente recuperar las reliquias que aún permanecían en Chile, y así sellar un acto de restitución simbólica con emotiva carga nacional.

EL RETORNO DE LAS RELIQUIAS Y LA EMOCIÓN PATRIA EN 1958
En marzo de 1958, la Marina de Guerra del Perú envió una comitiva oficial a Chile para gestionar la devolución de los objetos vinculados a Miguel Grau. La delegación estaba integrada por contralmirantes, capitanes y cadetes.
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Entre los cadetes viajó Fernando Grau Umlauff, bisnieto del héroe de Angamos, lo que añadió aún más emoción jerárquica y personal al acto de recuperación. El 19 de marzo de 1958 partieron de Lima, y al día siguiente el presidente chileno Carlos Ibáñez del Campo entregó a la representación peruana uno de los cofres con reliquias del almirante.
El retorno se hizo en un vuelo militar peruano DC-3. El 21 de marzo arribaron al aeropuerto de Limatambo pasadas las cuatro de la tarde, con los cuatro cofres conteniendo objetos personales y la tibia de Grau. El recibimiento fue multitudinario.

Miles de personas se agolparon en las plataformas del aeropuerto y las avenidas adyacentes para recibir a la comitiva. Las tropas de honor, bandas militares y estandartes patrios acompañaron la ceremonia.
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El presidente de entonces Manuel Prado presidió la ceremonia y recogió los cofres, luego los entregó al Ministro de Marina y al Comandante General para que fueran depositados en la Escuela Naval, que hacía funciones de Museo Naval.
Fernando Grau relató que, en Santiago, fueron acogidos con solemnidad: visitaron el parque O’Higgins, rindieron homenaje, fueron recibidos por el presidente Ibáñez e incluso compartieron emociones humanas significativas.

En Lima, el recorrido desde Limatambo hasta el centro de la ciudad fue un desfile patrio: cortando calles con banderas, escoltas militares y ciudadanos llorosos en cada esquina. El acto fue inolvidable.
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Parte de las reliquias —la tibia y otros objetos menores— fueron depositados en una cripta de la Escuela Naval de La Punta, Callao, donde hasta hoy son custodiadas por cadetes en guardia permanente.
El acto simbolizó no solo la recuperación física sino la reconciliación simbólica: Chile devolvía lo que no era suyo, y el Perú recuperaba un vínculo con su héroe ausente. La emoción patriótica se renovó con auténtico vigor.

Al evocar, en este 146 aniversario, esa mañana fatal de Angamos de 1879 y el gesto solemne de 1958, revivimos dos episodios conectados por el dolor, la lealtad y la memoria. El sacrificio de Miguel Grau quedó inscrito en la historia del Perú como una entrega suprema.
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El retorno de sus reliquias fue un epílogo simbólico que reafirmó su condición de héroe nacional e inmortal. Así, en cada 8 de octubre recordamos que el Perú no olvida y menos a Miguel Grau y su epopeya en el nuestro embravecido mar.














