La nueva vestimenta escolar, de color “gris rata”, como decía la gente, se había empezado a usar oficialmente desde el 1 de abril de 1971. El diseño y color pertenecía a la notable Mocha Graña, quien defendió el color gris porque era duradero, resistente. Así vimos vestir a niños y adolescentes de todo el país. Unos meses antes de esa fecha, el 30 de noviembre de 1970, el Gobierno militar del general Juan Velasco Alvarado había informado a los medios de comunicación algunos significativos detalles del nuevo uniforme escolar único.
Ese “Uniforme Escolar Único” era, en verdad, la combinación de una camisa blanca de popelina, sport, de manga corta, sin hombreras; un pantalón gris largo, sin pliegues delanteros y sin basta; y, finalmente, los calcetines que debían ser también grises.
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Eran tan meticulosos en el Ministerio de Educación que fijaron que los zapatos debían ser “llanos y sin punteras”, y que la chompa gris, “de lana en punto llano”, la cual se usará “cerrada con escote en ‘V’ y mangas largas”. Estas formas podían variar debido a las condiciones climáticas o a la salud del menor.
Dichas disposiciones se oficializarían días después, el 3 de diciembre de 1970, cuando el gobierno militar expidió una resolución directoral, en la que establecieron puntualmente las normas técnicas e industriales del uniforme estudiantil.
Para ello, se constituyó el Comité Especializado de Uniformes Escolares, integrado por representantes “de la Técnica, Producción y Consumo”, que aprobó cada detalle del nuevo uniforme estudiantil (menos los zapatos).
En los años 80, en el Perú, durante los gobiernos de Fernando Belaunde Terry (1980-1985) y Alan García Pérez (1985-1990), proliferaron centros de venta y campañas especiales para ofrecer útiles escolares y uniformes a precios bajos a los desesperados padres y madres de familia.
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Cuadernos, fólderes, lapiceros, lápices, cartucheras, reglas de todo tipo, borradores y demás implementos pedagógicos que figuraban en las temidas “listas de útiles escolares” eran ofrecidos a los apesadumbrados jefes o jefas de familia.
La campaña escolar de 1987, por ejemplo, en plena arremetida terrorista y con una política económica que traía más incertidumbre que tranquilidad a los ciudadanos, empezó con fuerza en marzo; por eso, para el lunes 30 de ese mes, 48 horas antes de iniciarse las clases en todo el país, los padres y las madres de familia solo pensaban en una cosa: hallar el “uniforme único”, gris y blanco para sus hijos e hijas. El pantalón, la falda, la camisa, la blusa, los zapatos y hasta los calcetines parecían piezas de un rompecabezas.
En una de las fotos de esa jornada se mostraba a una familia parada frente en una desconocida marca: Confecciones Goyo’s que para ellos era como el edén de su salvación; pues allí, uno agachado y otra de pie miraban con esperanza el pantalón que se probaba su hijo. Estaban en la feria escolar de la plaza Manco Cápac, en La Victoria, y en esas horas casi sucumbían al frenesí escolar.
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Mercados, tiendas comerciales y, por supuesto, las salvadoras ferias eran los sitios más concurridos, o mejor dicho invadidos, por grandes y chicos. Los uniformes y útiles escolares estaban en la mira. Las quejas por los precios altos era lo habitual, pero nadie se quedaba con las manos vacías.
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Aquel marzo de 1987, cuatro meses antes del discurso de Alan García que anunciaría la nacionalización de la banca, el Ministerio de Educación había informado que unos 7 millones de escolares, de diferentes niveles de enseñanza, empezarían su año lectivo ese miércoles 1 de abril. Los colegiales volverían frescos y entusiastas por los tres meses de vacaciones, y ocuparían los más de 52 mil 500 centros educativos del país, junto con sus 250 mil docentes.
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Solo en Lima, ese año, hubo un millón 900 mil estudiantes para los 3 mil 200 locales escolares, entre estatales y privados. Y, además, se contaba con 44 mil maestros listos para empezar las clases con una impecable tiza blanca en la mano.
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