Hablan sobre él
la juventud de Szyszlo
Por Alonso Cueto
Escritor y periodista
Recuerdo haber visto por primera vez a Fernando de Szyszlo en la Peña Pancho Fierro. Estaba yendo de un grupo a otro, haciendo bromas, colocándose un huaco o una lanza amazónica en la cabeza, poniendo caras y gestos, contando chistes. Por entonces yo tenía doce años y lo veía con cierto estupor y afecto, aun cuando casi no lo conocía. Sabía que era un artista al que todos respetaban y que, en ese momento, se comportaba como la persona menos respetable de todas. Me impresionó y me hizo quererlo de pronto, como si fuera un amigo de siempre.
Luego lo vi en momentos dispersos que tengo siempre conmigo. Me quedé espiándolo mientras pintaba el retrato de mi padre, fui con mi madre a visitarlo a su estudio en Villa, me admiré de los autos que tenía, estuvimos juntos en muchas reuniones y viajes. Todos esos recuerdos se confunden con mi cariño y admiración a Blanca, Vicente y Lorenzo. Son emblemas de una infancia privilegiada como la que tuve.
Hijo del inmigrante y científico polaco Witold de Szyszlo, y de María Valdelomar, su infancia estuvo signada por la presencia de su abuela, la madre de Abraham Valdelomar. La señora Carolina Pinto nunca se repuso de la muerte de su hijo, en un accidente en Ayacucho en 1919. Quizá por influencia de ella, el niño que nacería en 1925 se llamaría Abraham Fernando. No en balde el mar de Lurín, las costas y cielos de Paracas iban a convertirse en un territorio de su pintura.
Su primera exposición, en 1947, en el Instituto Cultural Peruano Norteamericano, fue una clara señal de su apuesta por un lenguaje de vanguardia, con influencia surrealista. Casado con Blanca Varela, al año siguiente ambos fueron a París, donde se quedarían varios años. Durante ese tiempo iban a intimar con Octavio Paz, Julio Cortázar y Simone de Beauvoir. El surrealismo seguía vivo. El Perú, con sus formas y colores, sus contrastes y sus extremos, le ofrecía un escenario privilegiado de los rasgos de la vanguardia. Cultor privilegiado de las penumbras de Rembrandt, Szyszlo iba a encontrar en esos sueños oscuros un escenario en el que resplandecían los rojos y los amarillos del sol de Paracas. Su pintura de atmósferas violentas y sensuales está recogida en muchos museos del mundo.
Después de volver a vivir a Lima, siempre estuvo trabajando. Lila Yábar fue su compañera y esposa en los últimos años. Monje recluido en su taller, siempre buscó también las reuniones de amigos. Su casa, con una gran biblioteca que le ofrecía las lecturas de D. H. Lawrence y otros escritores, estaba llena de fotos de ellos. Su cumpleaños, el cinco de julio, era un evento. Este año deberíamos poder volver allí para saludarlo. No siempre se cumplen cien años.
Alguna vez le pregunté cuántas horas al día pintaba. ¿Cinco, seis, siete? —Más —me contestó—. Un poco más. Cuando estoy en el estudio trabajando, el tiempo desaparece. En varias ocasiones definió un cuadro como “el homicidio de un sueño”. Otra definición suya, inspirada en Malraux, fue la del arte como “el encuentro visible de la materia con lo sagrado”. Agregaba que es una definición que también se aplica al amor.
Alguna vez me dijo que las personas queridas que se van, en cierto modo, nos traicionan. Esperábamos que vivieran siempre. Así es. Son cien años, y este hombre sin tiempo está aquí, en sus imágenes de fuego y de misterio.
Así hablaron de Szyszlo
Poetas, escritores y críticos no escatimaron elogios al referirse a su arte y pensamiento.
“Es el mejor pintor peruano o, al menos, el más conocido en el extranjero. Fue uno de los iniciadores de la pintura abstracta en Hispanoamérica. Aunque la crítica cerró los ojos (…). [Su obra] no cambia: madura. Avanza hacia dentro de sí mismo.”
Octavio Paz
“Son a la vez modernas y antiquísimas… transcender el tiempo y el espacio fundiendo en sus imágenes el pasado y el presente… en esa serpiente prodigiosa… evoca los viejos mitos… y … noches neoyorquinas”
Mario Vargas Llosa
“Su vastísima obra está marcada por dos rasgos capitales: la lección estética y moral de la vanguardia… y, al mismo tiempo, las formas del antiguo arte peruano… sintetiza la paradójica fusión de lo moderno y lo ancestral, lo novedoso y lo primitivo.”














