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Su debut fue en Chiclayo, en la desaparecida discoteca Boulevard Premium, ubicada en la avenida Balta. Un local más habituado a las noches de cumbia que a recibir a cantantes de música urbana. Allí, Benito Antonio Martínez Ocasio se plantó con su pose habitual —hombros caídos, lentes oscuros, rostro inexpresivo— y soltó “Soy peor”, “Diles” y “No te hagas” frente a un público pequeño, pero entregado.
De Chiclayo saltó a Lima, donde comenzó una ronda por locales que hoy parecen imposibles de asociar con el artista: Club Kenkos en Santa Clara, Ophera en Plaza Norte, Kapital Sur en San Juan de Miraflores, Blaza Club en Independencia. En todos ellos, los tickets fluctuaban entre 25 y 100 soles. Los afiches se difundían por Facebook y las radios sorteaban entradas como quien regala polos promocionales. Nadie —ni el más fan— imaginaba que, pocos años después, verlo en vivo costaría más que el sueldo mínimo.
El concierto más simbólico de esa primera gira fue, tal vez, el del estadio Gualberto Lizárraga del Callao, como parte del aniversario 90 del Sport Boys. La entrada general valía 15 soles. El VIP, 30. Los boxes, para diez personas, 1.200 soles. El cartel lo completaba Tito Rojas, “El Gallo de la Salsa”, en una de las combinaciones más extrañas que ha visto el puerto. Bad Bunny salió con su DJ, sin pantallas ni fuegos artificiales. Solo una cadena de oro del grosor de una cuerda náutica. El repertorio: “Caile”, “Me acostumbré”, “Ya me acostumbré” y otros himnos prematuros.

También se presentó en la discoteca Mangos de Lince, donde ya se notaba un pequeño ascenso en los precios: 50 soles la general, 80 la VIP, 100 la Súper VIP. Igual se llenó. Lima lo empezaba a mirar con otros ojos, aunque muchos seguían creyendo que era un fenómeno de temporada. Por entonces, su cachet rondaba los cinco mil dólares. Una cifra que hoy apenas alcanza para cubrir los snacks del backstage.

La segunda llegada de Bad Bunny
La consolidación llegó en julio del 2017, cuando volvió al país con una segunda gira. Esta vez no solo tocó en Lima, sino también en Chimbote y Trujillo. En la capital, repitió locales modestos, pero con público mucho más numeroso. La presentación del 28 de julio en Mangos fue especialmente significativa. El repertorio ya incluía “Si tu novio te deja sola” y el ambiente tenía otro pulso. El Conejo Malo estaba dejando de ser promesa para convertirse en certeza.
Ya no era un nombre curioso en un flyer de Facebook, sino una presencia constante en las playlists. Sus letras seguían hablando de despecho, sexo y calle, pero ahora lo hacían con una seguridad escénica que desbordaba el escenario. El artista que apenas unos meses antes improvisaba presentaciones con pistas lanzadas desde un USB empezaba a cuidar más sus puestas en escena, aunque el presupuesto aún fuera limitado y los visuales más parecidos a un karaoke que a un concierto de estadio.

En Chimbote, se presentó en la Estación Watanabe, un local que, aunque modesto, se llenó de seguidores que ya coreaban sus canciones más populares. En Trujillo, el escenario fue Palo Marino, donde el entusiasmo del público reflejaba el creciente impacto de Bad Bunny en la escena urbana peruana. Y es que para entonces, el artista ya era la voz —o el susurro nasal— de una nueva identidad urbana.
A pesar de que los precios de las entradas seguían siendo accesibles, con costos que variaban entre S/25 y S/100, la demanda era notablemente mayor. Los locales se llenaban rápidamente, y la energía del público era palpable. Esta gira marcó un punto de inflexión en la carrera de Bad Bunny en Perú, consolidándolo como una figura prominente en el género urbano y preparando el terreno para sus futuras presentaciones en escenarios de mayor envergadura.

Cinco años más tarde, en noviembre del 2022, Bad Bunny regresó al Perú en modo superestrella. Suspendido sobre una palmera inflable, flotando sobre las cabezas de más de 40 mil personas en el Estadio Nacional, cantó “Un coco” como parte de su gira The World’s Hottest Tour. Fueron dos fechas sold out. Las entradas llegaban a costar 680 soles. El mismo artista. Otra dimensión.
El salto entre aquel joven del 2017 y el ícono global del 2022 no es solo cuestión de cifras. Es el reflejo de un cambio cultural profundo. Para los que lo vieron por 25 soles en un club con luces LED parpadeantes y sonido discutible, queda el orgullo de haber estado ahí desde el arranque. Porque mientras algunos lo descubrieron entre drones y efectos especiales, otros intuyeron que tendrían al conejo malo para rato.













