En su excelente ensayo “El autor como bibliotecario” de 1965, el novelista norteamericano John Updike escribió lo siguiente: “Siento en Borges una curiosa implicación: las irrealidades de la ciencia física y las repeticiones absurdas de la historia han hecho del mundo exterior a la biblioteca un vacío inhabitable. Así como el hombre físico ha fabricado en sus ciudades un entorno cuya hostilidad eclipsa la del mundo natural, el hombre letrado ha amontonado un universo falsificado capaz de sustentar la vida”. La reflexión es impecable, y nos hace preguntarnos cómo enfrenta la muerte un hombre que ha trajinado su existencia bajo esas leyes literarias.
En su excelente ensayo “El autor como bibliotecario” de 1965, el novelista norteamericano John Updike escribió lo siguiente: “Siento en Borges una curiosa implicación: las irrealidades de la ciencia física y las repeticiones absurdas de la historia han hecho del mundo exterior a la biblioteca un vacío inhabitable. Así como el hombre físico ha fabricado en sus ciudades un entorno cuya hostilidad eclipsa la del mundo natural, el hombre letrado ha amontonado un universo falsificado capaz de sustentar la vida”. La reflexión es impecable, y nos hace preguntarnos cómo enfrenta la muerte un hombre que ha trajinado su existencia bajo esas leyes literarias.
MIRA: Sarah Bernhardt, la diva que cobró una fortuna en soles de plata para presentarse en el Perú y paralizó la capital tras la guerra con Chile
Jorge Luis Borges pasó los últimos años de su vida en plena actividad. Pese a su ceguera, insistió en la poesía (publicada en “La cifra”, 1981, y “Los conjurados” 1985, del que dijo “se ha escrito solo, yo no he intervenido”), continuó ofreciendo conferencias y concediendo entrevistas. Entre ellas, la que brindó a Mario Vargas Llosa en 1981 para el programa “La torre de Babel” y que los enemistó para siempre debido a los desatinados comentarios del escritor peruano acerca de la austeridad del departamento del argentino y las goteras que había hallado en su techo.
(Foto: AP Photo/Eduardo Di Baia)
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Fue a finales de 1985 cuando sintió su salud debilitarse. Bioy Casares cuenta que el médico le había recomendado tomar todas las mañanas un poco de cognac como paliativo, a lo que Borges repuso, en son de broma, que se le estaba empujando a un alcoholismo crepuscular. Por esos días emprendió un viaje a Europa, con motivo de un ciclo de disertaciones que había organizado el editor y psicoanalista Armando Verdiglione, en las que recobró cierto brío y no se cansó de hablar de poesía frente a diversos auditorios. Su regreso a Buenos Aires estaba programado para enero de 1986, pero este no sucedió. Borges sabía que iba a morir pronto, y no quiso hacer de su agonía un evento mediático, un espectáculo de consumo. Ginebra sería su destino final, el lugar escogido para adiestrarse a no ser.
David Foster Wallace dijo alguna vez que Borges era el gran puente entre el modernismo y el posmodernismo en la literatura mundial, pues era suya una mente humana de primer orden, despojada de toda certeza ideológica o religiosa: una mente replegada en sí misma. Pero lo cierto es que en los umbrales de su muerte, según su traductor Jean-Pierre Bernes, aceptó el ritual católico de rezar el Padrenuestro: lo hizo en inglés, inglés antiguo, francés y español, revistiendo aquel acto límite del multiculturalismo que signó su vida desde que tuvo memoria. Pocas semanas antes se había casado, por poderes, con María Kodama, quien después de su fallecimiento se volvería una arbitraria guardiana de su legado, llegando muchas veces a extremos increíbles de mezquindad y avaricia. No tenía escrúpulos en volver a publicar libros repudiados por Borges (como “El tamaño de mi esperanza”) o persiguiendo a admiradores que lo homenajeaban, como Pablo Katchadjan, autor del experimental “El Aleph engordado”, al que llevó a un juicio que la viuda acabó perdiendo.
Cuarenta años han transcurrido desde la muerte de Borges, y su legado se mantiene intacto. Casi podríamos decir que su auge sigue tan vigente como cuando estaba vivo y era eterno candidato al Nobel, premio que nunca recibió y que no necesitaba. Él lo sabía y parecería que hizo todo lo posible para no obtenerlo, incluyendo recibir una medalla de Augusto Pinochet (“yo declaro preferir la espada, la clara espada, a la furtiva dinamita”). Más allá de los precarios hechos humanos, quedan los símbolos indeclinables que nos heredó. Revisitémoslos alborozados en estas fechas que invocan a la memoria.
“Cuentos completos”
Autor: Jorge Luis Borges
Editorial: Alfaguara
Año: 2026
Páginas: 480
Además…
A saber
Celebrando a Borges, en la librería Book Vivant (Miguel Dasso 111, San Isidro) dedican todo el mes al autor argentino. Este domingo 14 de junio, desde las 3 p.m., en una maratón de lectura se comparte la obra del maestro con una copa de vino.



