lunes, enero 5

Jamaica Kincaid, la combativa escritora de Antigua y Barbuda, escribió que cualquier playa soleada es un amigo personal. Muy cierto, sobre todo para los lectores. En un escenario así es posible hallar las condiciones necesarias para embarcarse en un complejo vuelo literario o en la ligereza bien ganada tras un año de trabajo duro. Lo importante es que la realidad, pedestre e inoportuna, no tenga injerencia.

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A punto de introducirnos en el punto más caliente del verano, es menester ir bien preparados a esa cita donde el tiempo y el paisaje juegan a nuestro favor. Como contribución, proponemos la siguiente lista de doce libros que creemos a la altura de tal causa.

1. “Soldados de Salamina”, de Javier Cercas

No es solo un conciso y diestramente ensamblado híbrido entre investigación periodística y ficción autorrefencial. Esta novela cumple con el desafío de ser una lúcida meditación sobre las heridas de la guerra civil española y al mismo tiempo una novela ágil, no exenta de humor y de pasajes conmovedores, así como territorio de un puñado de personajes entrañables y universales. Es un deber enfrentarla.

2. “Las chicas”, de Emma Cline

Si Emma Cline es nuestra pastora, nada nos faltará. Se tiene a esta treintañera como una de las narradoras norteamericanas más notables entre las que han aparecido en el siglo que corre. Maestra del detalle y de la psicología de los otros. “Las chicas” es su primer libro y toma el espantoso caso de la familia Manson para trazar una trama brillante donde las relaciones entre mujeres jóvenes son auscultadas con una perspicacia que nos atrapa de principio a fin. Soleada California y sectas: combinación infalible. Su última novela, “La invitada” es igual de deslumbrante y afilada.

3. “La muerte del padre”, de Karl Ove Knausgaard

Un hombre noruego, sin una vida especialmente llamativa, se entera del fallecimiento de su padre alcohólico, tipo rudo y autoritario, de raigambre kafkiana. Ese es el punto de partida para una autoficción de quinientas páginas donde el hiperrealismo es puesto a prueba desde la impresionante y prismática reconstrucción de una cotidianidad remota que Knausgaard procura rescatar para comprender las razones de su discordia y miedo por un progenitor que elige el orgullo autodestructivo a la redención.

4. “Indigno de ser humano”, de Osamu Dazai

Una historia sobre el desamor, las adicciones, la soledad urbana y la incapacidad de salvación escrita en clave de anime adulto. Después de todo, Dazai es uno de los ídolos de la juventud japonesa, morfinómano contumaz, genio precoz, suicida trágico que se arrojó a las violentas aguas del río Tama impulsado por su convicción de ser un sujeto impuro. Esa certeza le dio armas para redondear esta parábola donde la exaltación de vivir en los márgenes nunca fue tan bien plasmada.

5. “¿Por qué hacen tanto ruido?“, de Carmen Ollé

Reeditado luego de más de tres décadas, el primer artefacto narrativo de Ollé no fue bien entendido por la crítica al uso al momento de su aparición. El tiempo le ha dado la razón a esta novela-diario-testimonio que se enfoca en las encrucijadas de ser escritora en el tercer mundo durante los años ochenta, además de las trampas y desengaños que esa condición conlleva. Un libro transparente e inquietante como una copa de cristal entre la hierba.

Carmen Ollé. (Foto: Alessandro Currarino/ GEC)

6. “Tan simple, tan puro”, de Alessandra Pinasco

Un ramillete de cuentos eróticos que puede leerse, en secuencia, como novelita de aprendizaje protagonizada por una joven limeña desinhibida, lo suficiente como para que su andadura nos sea provechosa y podamos digerir estas cien páginas sin contratiempos.

7. “Travesuras de la niña mala”, de Mario Vargas Llosa

Quizá la ficción más asequible de nuestro nobel. Vargas Llosa no le hace demasiados problemas al lector, a diferencia de los muchos que le ocasiona a Ricardo Somocurcio, atribulado protagonista, quien es puesto continuamente a prueba en pos de un amor tan ingrato como ineludible. Una lección de cómo ser ligero sin caer jamás en la superficialidad.

8. “El año del viento”, de Karina Pacheco

No sé si es la novela más importante sobre la violencia política en el Perú, pero sí es la más ágil y envolvente, la más empática con sus personajes y situaciones. A través de un argumento de corte detectivesco, Pacheco se inmiscuye en el laberinto de las heridas de la memoria y de los destinos truncos por la insania y el fratricidio con una solvencia admirable.

9. “Omeros”, de Dereck Walcott

Poderoso canto extenso que basta para darle al poeta de Santa Lucía un lugar preeminente en la lírica contemporánea. Engalanado de imágenes marinas y portuarias, “Omeros” logra algo extraordinario: crear una épica poscolonial que honra la tradición occidental mientras la subvierte, dando voz y dignidad heroica a quienes la historia arrumó en el anonimato y la pobreza. En realidad, cualquier libro de Walcott podría estar en esta lista, como es el caso de “El testamento de Arkansas”, que contiene un poema magnífico, “La luz del mundo”, epifanía caribeña en toda regla.

10. “Otra vez el mar”, de Reinaldo Arenas

La obra maestra de Arenas, escritor disidente cubano al que el régimen comunista encarceló, censuró y destruyó sus manuscritos en varias ocasiones (por eso, “Otra vez el mar” debió escribirla tres veces). Una pareja pasa su luna de miel en una cabaña en la playa, durante el momento más represivo de la Revolución castrista. El esposo, joven poeta desafecto, mantiene un encuentro casual con un hermoso muchacho. Poseído por la experiencia, confecciona en aquel paraíso fugaz un canto a la libertad, al deseo y a la imaginación que halla perfecto correlato en la autobiografía del novelista, la altamente recomendable “Antes que anochezca”.

11. “Tres mujeres”, de Susanne Noltenius

No cabe duda de que la circunstancia de la mujer de nuestra clase media contemporánea tiene una de sus expresiones más vívidas y sugerentes en la obra de Susanne Noltenius. “Tres mujeres” se compone de largos cuentos surcados por un malestar rutinario contabilizado en silencios, diálogos que pueden interpretarse de modos subliminales y acciones mínimas que ponen a sus personajes al filo del vacío. Esa misma serena desolación es la que motiva “Se hace otoño”, otro bello libro revelador en su tácito aliento.

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