sábado, abril 11

Piedra angular del cine contracultural en Hollywood. Autor de un cuerpo eléctrico y fascinante de largometrajes. ‘Rey Midas’ del cine de explotación. Promotor de nuevos talentos que llegaron a conquistar la gran industria. Ganador de un Óscar honorario tardío, pero más que merecido. Hablamos, por supuesto, del gran Roger Corman, cineasta al que he admirado desde que vi “Frankenstein perdido en el tiempo” (1990), la última película que dirigió. No es necesariamente una de sus mejores obras, pero sí una creación lo suficientemente extraña y delirante como para capturar mi imaginación de cinéfilo en formación.

Piedra angular del cine contracultural en Hollywood. Autor de un cuerpo eléctrico y fascinante de largometrajes. ‘Rey Midas’ del cine de explotación. Promotor de nuevos talentos que llegaron a conquistar la gran industria. Ganador de un Óscar honorario tardío, pero más que merecido. Hablamos, por supuesto, del gran Roger Corman, cineasta al que he admirado desde que vi “Frankenstein perdido en el tiempo” (1990), la última película que dirigió. No es necesariamente una de sus mejores obras, pero sí una creación lo suficientemente extraña y delirante como para capturar mi imaginación de cinéfilo en formación.

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Como tantos espectadores jóvenes antes de la llegada del cable, llegué a Corman por caminos laterales, casi accidentales. Un poco más adelante, gracias a las transmisiones de la televisión abierta, descubrí sus formidables adaptaciones de Edgar Allan Poe, un ciclo de culto que contó con la participación memorable de Vincent Price a lo largo de ocho largometrajes realizados entre 1960 y 1964. Para entonces, Corman ya era para mí un maestro del terror. Aún estaba por descubrir sus múltiples facetas detrás de cámaras, ya que también exploró la ciencia ficción, el cine negro, la comedia negra, el cine de gánsteres e incluso el drama social. Su posterior fama como productor eclipsó parcialmente sus logros como realizador, pero su mayor legado seguirán siendo siempre las películas que dirigió: rápidas, económicas e imaginativas.

Póster de la película de ciencia ficción “Emisario de otro mundo” (Not Of This Earth), dirigida en 1957 por Roger Corman para Allied Artists Pictures.

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En el 2022, tuve la fortuna de entrevistarlo a través de una videollamada. Mi intención era saber más sobre su incursión en el Perú como productor de películas serie B, capítulo curioso en su biografía que se remonta a mediados de los ochenta. Para entonces, Corman tenía 95 años, pero conservaba una memoria intacta: recordaba anécdotas de aquella aventura que él y su esposa Julie, compañera inseparable, valoraban como muy satisfactoria, lo que atribuían a los esfuerzos de Luis Llosa, su socio y amigo.

Yo también recordaba esa época con intensidad porque, entonces, era un niño que empezaba a aprenderse los nombres de los directores de cine. El suyo fue uno de los primeros que llamaron mi atención. Me intrigaba qué hacía un personaje tan legendario de Hollywood en un país como el nuestro, donde parecía no existir espacio para ficciones tan aparatosas como las que él producía: cintas de acción que recurrían a explosiones, persecuciones de autos y otras parafernalias. Corman no reaccionaba contra Hollywood: quería competir con los blockbusters desde Filipinas, Argentina, el Perú o cualquier país donde su modesta inversión en dólares pudiera multiplicarse gracias a sus alicaídas economías.

Ninguna de esas películas de consumo rápido ha quedado inscrita en la historia del cine mundial, y hoy muy pocos las recuerdan. Sin embargo, es innegable que Corman inauguró una variante en el desarrollo del cine peruano industrial. Como efecto colateral de esta empresa, muchos técnicos, actores y profesionales locales tuvieron la oportunidad de ejercer sus oficios en condiciones inéditas hasta entonces, enfrentándose a ritmos de producción y exigencias narrativas poco frecuentes en el contexto local. Tan solo por eso, hay toda una generación de cineastas peruanos en deuda con Corman. Porque más allá de los efectos especiales defectuosos, del humor involuntario o la simpleza de algunos argumentos, esas películas nos enseñaron –en un momento en que el país atravesaba años particularmente oscuros– que en el Perú también estaba permitido jugar haciendo cine. Y ese gesto, aparentemente menor, fue en realidad profundamente liberador y dejó una marca que ha resistido el paso del tiempo.

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