domingo, mayo 31

Marilyn Monroe era un sueño. Era un sueño de Sylvia Plath. En el diario de la poeta pelirroja se apunta un encuentro onírico, ocurrido en octubre de 1959, en el que Marilyn le hace la manicura, le promete una nueva vida floreciente y la invita a pasar Navidad con ella: tal era el influjo que a Plath le causaba su figura (fascinación compartida por su genial esposo Ted Hugues).

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Pero también era una figura desdichada, inocente en medio de predadores y paraísos artificiales, denunciados por el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal en su extraordinaria “Oración para Marilyn Monroe” (1965), donde se niega a canonizarla porque es más necesario absolverla. “Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes”, escribió Cardenal, imprecando contra el capitalismo convertido en espectáculo antropófago, contra esa 20th Century Fox “que ha convertido tu casa de oración en una cueva de ladrones”. El gran mérito del poema es que sabe despojar a la diva de todos sus oropeles, de sus abalorios frívolos, para humanizarla por medio de trazos breves y definitorios, hasta presentarla ante el Señor “sola como un astronauta frente a la noche espacial”.

Jorge Eduardo Eielson también le guardó fervor: la menciona en “Habitación en Roma” (1952), en su novela “Primera muerte de María” (1988), y le dedicó un réquiem y un homenaje plástico en 1962, año de su fallecimiento. Frank O’Hara la nombró en un poema que alude “a la industria del cine en crisis”, evocándola con sus tacones altos, bailando por las cataratas del Niágara. Norman Mailer, siempre tan tosco, escribió un ensayo biográfico en 1973 que finalizaba con una teoría audaz: que Marilyn había sido asesinada por la CIA como represalia a su presunta relación con Bob Kennedy. La crítica se ensañó con él y Mailer terminó reconociendo que su hipótesis fue formulada con la intención de promover las ventas del libro. Arthur Miller, exesposo de la estrella, jamás se lo perdonó.

De la multitud de títulos que se han escrito sobre ella, tal vez ninguno tan conmovedor y poderoso como “Blonde”, de Joyce Carol Oates, novela biográfica de aplomo impresionista y comprometida empatía por su objeto de estudio. Oates, quien en su obra maestra “Them” (1969) mostraba una profunda comprensión por los seres desamparados, examina con enorme respeto el vía crucis existencial de Monroe, las humillaciones y abusos que padeció, la explotación a la que fue sometida. Al igual que tantos otros escritores, se acercó prudentemente a Marilyn para caer rendida ante su influencia. “Blonde” estaba proyectada como una novela corta de 200 páginas que acabó como un macizo tomo de 800, en el que se atestigua una labor denodada por entender la vulnerable y al mismo tiempo magnífica figura de aquella muchacha nacida como Norma Jeane Mortenson. Años después, Andrew Dominik se encargaría de una versión cinematográfica espantosa que parece solazarse con las sevicias que sufre Marilyn, volviendo su vida un martirologio insoportable que termina por intoxicar al espectador más predispuesto.

En cambio, el impertérrito James Ellroy no tiene miramientos con desacralizar su figura en “Los seductores” (2023), otra novela monumental y de entramado complejo (como la mayoría de las que firma este autor). No tiene empacho en cuestionar, mediante el cínico investigador Freddy Otash, el atractivo sexual de Marilyn e incluso sus dotes como actriz. La Monroe aquí presentada es un espectro de ultratumba que persigue a los manes del poder, especialmente a los Kennedy, acosados sin compasión por el lente quemante del escritor de “Mis rincones oscuros”.

Mucho más sutil es el enfoque del galo Michel Schneider en “Últimas sesiones con Marilyn”, quien mediante el hibridaje de géneros desentraña la estrecha relación entre Monroe y su psiquiatra, Ralph Greenson. Tan estrecha era que George Cukor decía que para contactar a Marilyn no había que llamar a su agente, sino a Greenson, quien se reconocía un verdadero fanático del universo hollywoodense, donde era festejado y buscado por diversas luminarias. El libro de Schneider resulta irregular –por momentos el personaje de Monroe es demasiado inabarcable para sus pretensiones–, pero no se puede dejar de leer por la innegable capacidad para desgranar historias menores pero adictivas (algunas, sin duda, con bastante dosis de ficción) que contribuyen a nutrir el lado oculto de un ícono mundial que a la vez era una mujer acorazada en sí misma.

El que también la amó y reverenció fue Guillermo Cabrera Infante, quien rindió tributo a su pasión por el cine en libros como “Arcadia todas las noches”. Escribió de ella cosas tan bellas como la siguiente: “Cada verano, Marilyn Monroe resucita de entre los muertos. Ella es un fuego fatuo o tal vez una luciérnaga fugaz, pero con luz propia. Es, de hecho, un cometa Halley frecuente”. Terenci Moix, otro de sus admiradores insobornables, aseguraba que ella fue la víctima mortal de “demasiado amor”. “Arrastro a Marilyn Monroe conmigo como a un albatros”, dijo Norma Jean de sí misma alguna vez. Tal vez demasiado amor le impidió emprender vuelo.

Libros para entender a la diva

5 libros sobre el mito de Marilyn Monroe

“Blonde”

Autor: Joyce Carol Oates    

Edición en español: Alfaguara

Año de publicación original: 2000

“Últimas sesiones con Marilyn”

Autor: Michel Schneider    

Edición en español: Alfaguara

Año de publicación original: 2006

“Los seductores”

Autor: James Ellroy    

Edición en español: Random House

Año: 2023

“Primera muerte de María”

Autor: Jorge Eduardo Eielson    

Última edición: Seix Barral

Año de publicación original: 1988

“Oración por Marilyn Monroe”

Autor: Ernesto Cardenal    

Editorial original: La Tertulia (Medellín)

Año de publicación: 1965

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